Serie Los salmos: anatomía del alma: Episodio IV – El refugio inamovible
Estamos viviendo tiempos duros, dolorosos e inconcebibles. Jamás los venezolanos, sometidos por tantos años a tantos sufrimientos, hubiéramos tan siquiera imaginado, que pudiéramos pasar por la destrucción de un doblete sísmico. Eventos como estos echan por tierra toda la organización y planificación que pudiéramos haber tenido para nuestra vida. Sencillamente, fuimos sorprendidos por lo inesperado, asaltados por el horror, estremecidos por instantes que se transformaron en devastación y muerte.
Cada quien tiene su propia historia, y para cada uno, a pesar de las diferentes proporciones, su historia es importante y, más aun, es vital que sea narrada. Hay un misterio que sucede en el alma al contar la historia; las palabras nos dan alas para salir de la opresión del alma, de ese sentimiento de haber sido abandonados. Por esa razón, es necesario sentarse con aquel para quien eres importante, con esa persona que te ama, con alguien que quiera escucharte y abrir tu corazón para expresar todo ese dolor, que en el silencio, va oprimiendo tu ser interior. Sin embargo, muchas veces nos encontramos solos con nuestro dolor. Y es allí, cuando se eleva la mirada al Cielo y nuestros sentimientos se convierten en oración.
Para comprender la verdadera escala del Salmo 46, es preciso contemplar la firma que encabeza el texto: “A los hijos de Coré”. Lejos de ser una simple indicación técnica para los cantores del Templo, esta autoría encierra dos historias entrelazadas donde el dolor humano, la memoria y la intervención divina se funden. La primera es la sombra del origen, el apellido Coré cargaba en el imaginario de Israel un estigma trágico. Siglos antes de la composición de este poema (salmo), durante la travesía en el desierto, un levita llamado Coré encabezó una amarga rebelión contra la autoridad de Moisés y Aarón (la historia se encuentra en Números 16). Aquel episodio concluyó con un juicio........
