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Charlas junto a la chimenea

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24.06.2026

Recuerdo aquellas noches en que la radio cobraba vida en millones de hogares americanos. Las luces se atenuaron, las familias se reunían alrededor del aparato y la voz cálida y pausada de Franklin Delano Roosevelt llenaba la habitación como si él mismo estuviera sentado junto al fuego con una taza de té en la mano y esa sonrisa tranquilizadora que transmitía confianza. Las “Fireside Chats”, o Charlas junto a la Chimenea, no fueron simples discursos: fueron una revolución en la forma de gobernar, comunicar y fortalecer la confianza entre un presidente y su pueblo.La gran depresión frente al fuego. Miedo al miedo mismo.Tuve el privilegio de observar muchas de aquellas jornadas desde cerca. Vi cómo Roosevelt preparaba cada intervención con un cuidado extraordinario. Mientras otros políticos hablaban para impresionar, Franklin hablaba para ser comprendido. Decía con frecuencia que el ciudadano común no necesitaba discursos grandilocuentes. Necesitaba claridad, sinceridad y esperanza.Cuando asumió la presidencia el 4 de marzo de 1933, EEUU se encontraba al borde del colapso. La Gran Depresión había destruido millones de empleos, miles de bancos habían cerrado y la desesperación dominaba las conversaciones en calles, fábricas y granjas. Aquella misma tarde escuché una de las frases más memorables de la historia política moderna: “Lo único que debemos temer es al miedo mismo”.Años después le pregunté sobre aquella declaración.—Señor Presidente, ¿sabía que esa frase será recordada durante generaciones? Roosevelt sonrió levemente.Había que derrotar primero al miedo para derrotar después a la depresión. Aquellas palabras resumían perfectamente su liderazgo.—¿Cómo se hace eso Presidente?, pregunté con genuina inocencia.—Creo que la verdad será nuestra gran aliada. La repetición no puede convertir a la mentira en una verdad. Contra la propaganda, la desinformación y los abusos de poder, la verdad amigo, la verdad.Ocho días después de asumir el cargo llegó la primera Charla junto a la Chimenea, el 12 de marzo de 1933. Yo observaba desde una sala contigua mientras revisaba sus notas. No buscaba un lenguaje técnico. ‘Regresando desde el futuro traje en mí alforja un consejo de un querido amigo [Renato]: el lenguaje pesado, duerme…Franklin tachaba términos financieros complicados, palabras altisonantes y los reemplazaba por ejemplos cotidianos.“Mis amigos”, comenzó aquella noche. Explicó por qué había decretado el cierre temporal de los bancos y cómo funcionaría su reapertura. Habló con la paciencia de un maestro y la cercanía de un vecino. “Permítanme afirmar con énfasis que la banca de EEUU está más sana hoy que hace una semana” La sala quedó en silencio. Era domingo pasadas las 10;00 pm. Habría que esperar la reacción de la gente al día siguiente. “Es más seguro tener su dinero en un banco reabierto que debajo del colchón”.Llegó el lunes. Sonó el teléfono en la Oficina Oval. Franklin contestó. Su cara era un poema. “La gente hace filas para llevar su dinero a los bancos. !El miedo ha sido vencido!” nos comentó a los presentes.Pertinente comparar otros episodios semejantes. Recuerdo las medidas de emergencia tomadas por el Dr. Rafael Caldera [Banco Latino et al enero 1994]. La decisión fue intervenir, suspender las garantías económicas y decretar controles para evitar la corrida bancaria masiva […] Por su parte el 1ro. de Diciembre de 2001, el gobierno de Fernando de la Rú—a través de su Ministro de Economía Domingo Cavallo—impulsó el llamado ‘corralito’, limitando los retiros de efectivo. Posteriormente De la Rúa [19/12/2001] habló por cadena nacional para decretar Estado de sitio y pedir calma. Pero la confianza estaba destruída. Cacerolazos masivos provocaron su renuncia el 20-12-2001.Así es la historia de las naciones. Unas sacan el dinero del colchón para devolverlo a bancos ‘quebrados’, otras se van a la calle desesperados y........

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