Inmigración y emigración, dos momentos, un país (1)
A la memoria de Vladimiro Mujica, científico notable, demócrata consecuente,pero sobre todo ¡Ciudadano! Descansa en paz, hermano; seguiremos tu lucha.
El 23 de abril fui invitado por la Cámara de Comercio de Caracas a participar en un coloquio sobre el impacto de la inmigración en Venezuela. Mi intervención llevó por título el mismo de este artículo, con el que inicio una serie para tratar ambos temas, que resultan ser dos caras, dos momentos, de un mismo país: la inmigración y la emigración. Desde luego, el de la emigración es el tema que hoy más nos preocupa, pero me quiero referir a ambos, pues no es posible hablar de la emigración sin situar el contexto y hacer comparaciones con la inmigración, que dio forma a Venezuela en el siglo XX. Personalmente me conciernen ambos, porque soy originalmente un inmigrante y porque buena parte de mi familia emigró en años recientes, como les ha ocurrido a millones de familias venezolanas.
El primer artículo de la serie tratará el tema de la inmigración en Venezuela; el segundo será sobre la emigración, y el tercero y último será una reflexión sobre posibilidades y dificultades del regreso de los emigrantes y su aporte al país.
Inmigración y Caracas
En los años 50, dada la precariedad de las condiciones de vida y la persecución política en España, mis padres y los sobrevivientes de la guerra civil española de la familia de mi madre, decidieron emigrar. Entre los años 50 y 60 nos establecimos en Venezuela, donde hemos permanecido, hasta hoy, casi todos,
Para quienes veníamos de una pequeña ciudad portuaria como Gijón, o de pueblos y aldeas asturianas, llegar a la rutilante Caracas de los años cincuenta fue alucinante. Una ciudad fabulosa, con parques, llena de verde y de luz, grandes avenidas, miles de automóviles, grandes edificios, con ascensores y algunos con escaleras automáticas; teníamos televisión, nevera, tocadiscos, y había gente alegre en todas partes. No tuvimos mayores dificultades para adaptarnos. Para mí, con cinco años, fue cuestión de cambiar la «c» y la «zeta» por la «s», y de abandonar los pantalones cortos. El acento asturiano, por suerte, es suave —parecido al de los canarios—, nada........
