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Puigdemont ya sólo es un ladrón

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28.03.2026

Puigdemont ya sólo es un ladrón

En menos de diez años se ha quedado sin partido ganador, sin país que le siga y sin el honor del exiliado

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Puigdemont se aleja de su regreso. La UE ha endurecido las penas por corrupción y ya no importa si no hubo beneficio personal, ante la evidencia de que siempre lo hay, aunque sea político o moral. Pero lo nuclear no es esta nueva directiva ... sino que la Unión Europea es un club de Estados que se ayudan entre ellos y que nunca olvidará de qué manera el independentismo llegó a poner en 2017 al Estado contra las cuerdas.

ETA mató pero el Estado nunca peligró con aquella banda de asesinos y la UE nunca se sintió amenazada en su integridad. El desafío catalanista no estuvo teñido de sangre pero tensionó las costuras de España, un Estado mucho más importante para la Unión de lo que los independentistas, y algunos otros españoles, alcanzan a entender. Europa tiene muy claro que sin España no es Europa.

Puede que la UE no haya fijado esta posición para perjudicar al expresidente, pero es indiscutible que la Unión no le ve como a un libertador, sino como a un caudillo al que escarmentar para evitar futuros golpes, suyos o de otros. Atacar la unidad de España es atacar a la Europa que ganó en la Segunda Guerra Mundial. Lo que el secesionismo no entendió es que se fue de frente contra la idea de civilización que alumbra nuestros días y protege nuestra ciudadanía de la intemperie.

Plebiscitos populistas fuera de la ley, la sistemática vulneración de la Constitución y la democracia, o romper Estados miembros y por lo tanto amigos, de cuya estabilidad dependen los demás, no es un lenguaje ni el método que nuestros socios comunitarios puedan entender ni tolerar. Tampoco pactar con China –o eso dijo Junqueras– la estabilización de la economía catalana mientras lograba volver al euro, algo que tampoco habría pasado tan fácilmente.

Puigdemont despreció a España y España se defendió y ganó. El procesado rebelde buscó cobijo en Europa y Europa le dijo que su única interlocución era con sus Estados. Y como suele pasar con el catalanismo, el líder irredento dijo tener detrás un pueblo sediento de revuelta, y este pueblo volvió a sus casas y a sus trabajos el día que vio que podía tener problemas. Por ello lo más triste del expresidente es que, al quedar los motivos políticos para su condena tan desdibujados por su incompetencia, y la de su presunta tropa, acaba siendo más práctico castigarlo por robar, que también lo hizo; y ahí, como siempre los independentistas, no tuvieron ninguna vergüenza. En menos de diez años, Puigdemont se ha quedado sin partido ganador, sin país que le siga y sin el honor del exiliado porque le buscan por ladrón.

El drama de los catalanistas es previo a cualquier debate legal porque la Cataluña que quieren liberar, articulada en lo político y dispuesta a pagar el precio, simplemente no existe.


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