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El bramido de la grada

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03.04.2026

El bramido de la grada

Pero exigir urbanidad de melómano fino a la hinchada resulta actividad estéril

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El olor a hierba fresca recién cortada noqueó mi faz cuando salí desde el vomitorio junto a mi padre para ocupar nuestras plazas en la zona de tribuna. Me sorprendió ese perfume campestre. Y todo brillaba en genuino technicolor. A finales de los setenta en ... casa todavía yacía la televisión culona en blanco y negro. Era la primera vez que mi padre me llevaba al fútbol y la emoción me mantenía en una suerte de levitación mística. Todos, imagino, conservamos un primer recuerdo, en mi caso fue el penetrante tufo de un cesped aterciopelado como una alfombra persa, aunque en realidad no sé cómo es una alfombra persa, pero ustedes ya me entienden.

Superado ese trance, me acuchilló el rugido de la masa cuando el balón lamía el larguero, ese prolongado «uuuyyy» como de orgasmo en ciernes. Tanto me hipnotizó lo que se cocía en las gradas que, lo confieso, apenas me fijé en las evoluciones de los esforzados jugadores. Ese señor bajito y calvo que se fumaba un retorcido purazo más grande que él. Ese tipo encorbatado que sudaba y sufría como un ludópata. Ese vicioso futbolero con la oreja pegada contra el carrusel deportivo para averiguar espasmódico los otros resultados. Claro que, los insultos, contra el árbitro y los adversarios, me escandalizaron. No insultaban como Quevedo, sino como verdaderos caníbales sedientos de sangre. Tras un tercer partido, justo cuando me acostumbraba a los insultos, al llegar al hogar, mi padre le dijo a mi madre: «Se acabó, la gente está cerril, dejamos de ir al fútbol…». El fútbol, en efecto, supone la terapia salvaje que algunos necesitan a modo de válvula de escape. Y en los estadios la fiebre de la gradas provoca chocarrerería, vulgaridad, melonada y cánticos repugnantes como los del otro día. Silban nuestro himno y se ceban con otras razas. Esto, en efecto, es una desgracia. Pero exigir urbanidad de melómano fino a la hinchada resulta actividad estéril. El espectador luce camiseta con el escudo de la tribu y bandera que vindica su secta. La gente vestida de gala tensa el tímpano en la ópera, pero no pisa un campo desde esa educada actitud.


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