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14.04.2026

En parte, coincido con el discurso de Sumar: la extrema derecha no es imbatible. Claro que no. Pero su antídoto no es la extrema izquierda

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La buena noticia es que las urnas han castigado con más severidad de la esperada a un tipo que estaba borracho de poder, que quería acabar con la separación de poderes, que colonizaba una a una todas las instituciones del Estado, que le declaró ... la guerra a los medios críticos, que instigó la polarización con sus adversarios, que rompió los consensos europeos y que se acercó a potencias económicas de estructura antidemocrática tradicionalmente enfrentadas a los valores de Occidente. La menos buena es que tal cosa no ha sucedido en España, aunque la descripción de esas conductas sea intercambiable, sino en Hungría. He leído muchos de los análisis que los expertos han hecho de las elecciones húngaras en los últimos tres días y casi todos coinciden en las lecciones que se pueden extraer de la derrota de Orbán. Algunas de ellas tienen valor en sí mismas y traspasan los lindes territoriales. Por ejemplo, que la capacidad de Rusia para interferir en procesos electorales es limitada. Putin ha perdido al cómplice que le ayudaba a torpedear desde dentro la unidad de acción de la Unión Europea y no ha podido hacer nada para impedirlo. O que la invocación del trumpismo está dejando de ser un señuelo electoralmente rentable. Ya es un secreto a voces que el presidente norteamericano está de atar. Hasta los 'magas' que le catapultaron a la Casa Blanca han empezado a pedir que le pongan la camisa de fuerza. Sus amenazas apocalípticas de borrar de la faz de la tierra la civilización persa en 24 horas han provocado que se caigan del guindo muchos de los que hasta hace poco veían en él al gendarme que debía poner orden en el desmadre que aflige al mundo. Pero hay otra lección, menos jaleada que esas dos, que a mi juicio nos toca muy de cerca. A diferencia de lo que ocurrió en nuestro país, donde se produjo la escisión de un partido moderado en favor de otro radical, en Hungría ha ocurrido lo contrario. Pete Magyar abandonó la compañía de Orbán para fundar un partido de centro-derecha liberal que en solo dos años ha sido capaz de ganar las elecciones. Así que, en parte, coincido con el discurso de Sumar: la extrema derecha no es imbatible. Claro que no. Pero su antídoto no es la extrema izquierda. Me asombra que Yolanda Díaz haya llegado a la extravagante conclusión de que Hungría demuestra que la victoria progresista aún es posible en España teniendo en cuenta que en el parlamento de Budapest la izquierda no ha conseguido ningún escaño. A un extremismo no se le combate con otro. El antónimo de radicalismo es moderación. Y el de sátrapa, demócrata. Haría bien Abascal en no perderlo de vista. Si no le basta para darse cuenta la imagen que le devuelve el espejo, que mire a Donald Trump o a Viktor Orbán. Aunque no creo que lo haga. Nadie escarmienta en cabeza ajena.


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