Vacaciones de verano
Basta con que empiecen las vacaciones y se cierren las escuelas durante casi un cuarto del año para apreciar hasta qué punto desempeñan funciones que raramente aparecen en los debates públicos
En mi calle hay varias familias que viven en antiguos locales comerciales. No de esos en los que una reforma cuqui ha sustituido el escaparate por un ventanal y una puerta con rejas, convirtiendo el bajo en un apartamento de revista. Hablo de locales a los que todavía se entra levantando y bajando un gran cierre metálico de persiana. El otro día, en mitad de esta canícula de asfalto que soportamos con esa mezcla tan madrileña de resignación y valentía (entrando en un vagón de la línea 1 o la 6 sin saber si tocará de los que funciona el aire acondicionado, mirando con ojos de plegaria los paneles de Cercanías en Chamartín o caminando a paso ligero de un espacio climatizado al siguiente), vi salir de uno de ellos, por debajo del cierre apenas levantado, a un niño de unos 3 años. Salía a gatas, empujando una pequeña excavadora amarilla. Cruzó el umbral como quien sale al jardín de su casa. Pero su jardín era una acera de mi calle. Este será su verano. Un verano muy distinto del que vivirán otros niños que apenas residen veinte metros más allá, cruzando simplemente la calle.
Coincide esta escena con las semanas en las que abundan los artículos sobre cómo afrontar las vacaciones escolares. En ellos, los padres recibimos consejos para rebajar la presión de organizar un verano perfecto, para no llenar julio de actividades, para dejar espacio al aburrimiento, para aceptar que los niños no necesitan estar permanentemente estimulados. Unos artículos que van en la dirección contraria a cómo se comporta la mayoría social: casi todas las familias que pueden permitírselo organizan campamentos, idiomas,........
