Algunos hombres buenos
Algunos hombres buenos
Quizá descubramos algún día que los verdaderos héroes civiles de nuestro tiempo fueron quienes, por medio de su servicio público, permitieron a nuestra democracia seguir reconociéndose a sí misma
Levantamos monumentos para responder colectivamente a la pregunta esencial de quiénes merecen ser recordados. Las estatuas y memoriales son algo más que decoración urbana y propaganda: constituyen una forma de pedagogía pública. Con ellos la sociedad enseña qué vidas considera dignas de admiración y, por declinación, qué virtudes desea transmitir a quienes se incorporaban a ella. Un ejemplar prototípico de esto es el Panteón parisino. Francia, al depositar allí los restos humanos de sus mejores hijos e hijas, sitúa también una determinada idea de sí misma. Voltaire, Victor Hugo, Rousseau, Monnet, Marie Curie, Simone Veil. Figuras distintas entre sí, elevadas a expresiones de una cierta grandeza republicana, como manifestación de una voluntad deliberada de construir continuidad moral e histórica. Las sociedades educamos también mediante las personas a las que decidimos admirar. No es difícil reconocer la grandeza de ciertas figuras culturales, científicas o artísticas cuyo legado termina sedimentándose con el tiempo. España también está hecha de Velázquez, Goya, Francisco de Vitoria, Rosalía de Castro, Ramón y Cajal, Lorca, María Moliner... El problema aparece cuando intentamos convertir a quienes ejercen el poder político en ejemplos morales duraderos.
Durante los últimos años dirigentes políticos se han subido al atril del Congreso entre aplausos cerrados, sus nombres jaleados con entusiasmo militante y gratitud entusiasta. Eran los hombres de confianza. Los que conseguían........
