La absurda 'guerra' por Messi y Maradona
La absurda 'guerra' por Messi y Maradona
A Leo lo ven demasiado dócil y perfectito, les parece siempre a salvo, y eso conspira también contra la necesidad de una sociedad resentida por tanto fracaso
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«Tanta falta nos hace Diego», suspira la progresía argentina en vísperas del Mundial: alude a Maradona, pero no es melancolía llana ni está hablando de fútbol. «La pulga facha», proclama un pregón digital trotskista: «Messi no es el pueblo. Se acabó la magia. Queda solo la vergüenza». La batalla está servida y todos buscan rápidamente el confort de las trincheras. Sería fácil decir que la mecha se encendió cuando el actual capitán de la selección argentina y también del Inter de Miami aceptó las felicitaciones públicas de Donald Trump en la Casa Blanca, cumpliendo un acto protocolar que suelen realizar los campeones de la MLS: el magnate norteamericano aprovechó la ceremonia para emitir comentarios políticos fuera de libreto y de lugar, y las imágenes dieron la vuelta al mundo. En la izquierda argentina, ese error de Messi cayó como una bomba («rinde pleitesía al monstruo») y sirvió para sugerir que Lionel era un imbécil sin pensamiento alguno o que se adhería directamente al populismo de derecha. Y, como todos sabemos, el lado correcto de la vida se encuentra en el populismo de izquierda: lugar del bien, del perdón y de las almas bellas. El problema, en realidad, viene de más lejos: Messi siempre fue visto con sospecha por ciertos 'influencers' progres, para quienes la opulenta Europa logró 'colonizarlo': algunos de ellos han llegado a quejarse de que muestra siempre un «modelo de familia hegemónico», no protagoniza actos de rebeldía contra el 'statu quo' y no establece compromisos políticos. Nada, ni siquiera su historia de superación personal (por las fallas en la hormona de crecimiento) lo salva de ser, a la vista de esta gente ideologizada y quejosa, un tanto frío, insípido y «obediente del sistema». Tampoco lo justifican al susodicho sus proezas artísticas con el balón, sus increíbles conquistas deportivas y el cariño y la admiración popular que lo arropan en todo el mundo. Estos mandarines 'biempensantes' usurpan la superioridad moral, se proponen como 'sommeliers' de la representación plebeya y de la misericordia social, y para ellos Messi resulta entonces una total decepción: al revés que Maradona, no es un insurrecto del 'capitalismo salvaje'. Salvo una lejana acción a favor de las Abuelas de Plaza de Mayo, que todavía buscan a niños desaparecidos durante la última dictadura militar, la Pulga se ha negado a hacer las reverencias necesarias; no debe, por lo tanto, ingresar en el panteón de los mitos nacionales alguien que no pasa por el aro. Porque quien no paga ese diezmo ideológico no recibe el certificado de buena conducta. Para colmo, Messi se negó a celebrar la obtención de la Copa del Mundo con Alberto Fernández en la Casa Rosada, donde Maradona –«soldado de Cristina» (por Kirchner)– había sido velado. El kirchnerismo nunca digirió que Messi rehuyera esa invitación, le importó un bledo que no quisiera politizar la celebración y tomó el asunto como una verdadera afrenta.
A Leo, por otra parte, lo ven demasiado dócil y perfectito, les parece siempre a salvo, y eso conspira también contra la necesidad de una sociedad resentida por tanto fracaso que necesita construir una deidad herida y fallada para poder identificarse plenamente con ella. Diego exhibía el dolor por sus adicciones y las consecuentes derrotas y degradaciones que le traía; encajaba como un guante en el inconsciente colectivo, que busca un santo pecador –con los defectos de cualquiera– para poder subirlo sin remordimientos al altar y beatificarlo sin culpas. A Messi, en cambio, quieren bajarlo del altar a bofetones porque allá arriba, con su simple forma de ser, de algún modo los desnuda y los ofende. Y algo fundamental y constitutivo: Messi no denuncia complots de poderosos para disculpar sus tropiezos y frustraciones; Maradona formulaba todo el tiempo esa falsa coartada que suelen usar muchos argentinos para salvarse de sus propios errores y responsabilidades.
Pero criticar a Messi por ese encuentro malhadado con Donald Trump –presidente esperpéntico por quien este articulista no guarda ninguna simpatía ni respeto– no estaría nada mal, sobre todo si quienes ahora lanzan los dardos no hubiesen ocultado en su momento las turbias asociaciones e infracciones de su nueva némesis. O para ponerlo en términos más claros: si hubieran sido capaces, con pura honestidad intelectual, de haber denunciado también los escarceos del joven Diego Armando con la dictadura militar, la amistad profunda y la connivencia con el «presidente neoliberal» más denunciado de la historia vernácula (Menem), la militancia fervorosa por el sangriento régimen de Chávez y Maduro (del que aceptó además un jugoso contrato) y la escandalosa estadía en La Habana, donde vivió como un rey orgiástico a cuenta de Fidel y de los pobres cubanos empobrecidos. De toda esa fastuosa experiencia caribeña trajo como recuerdo un tatuaje en una pierna con la cara del Comandante, que se sumó a otro muy 'cool' del Che en un brazo. Y una ulterior denuncia pública por presunta corrupción de menores, aunque finalmente no hubo consecuencias jurídicas concretas: las ultrafeministas del chavismo argento, que prejuzgaron y cancelaron a cualquiera por indicios mucho menos resonantes, silenciaron el testimonio de la supuesta víctima. Para los ajenos, rige la cancelación preventiva; para los propios, el irreductible principio de inocencia. También fueron piadosas e indolentes con la renuencia o –usemos un eufemismo más delicado– la notable tardanza en asumir su paternidad responsable con un nutrido número de hijos engendrados en distintas latitudes. ¿Habrían indultado a Messi, que no tiene blindaje izquierdista, por todas y cada una de esas bajezas? Tengamos por seguro que Messi ardería hoy en el mismísimo infierno por una sola de ellas.
Los ataques 'maradoneanos' de estas vísperas fueron respondidos por la batería mileísta, para cuyos fanáticos la Pulga es buena sólo por contraste y, por supuesto, mientras no demuestre lo contrario; es decir, mientras a Messi no se le ocurra proferir algo negativo acerca de Milei, como puede ocurrir cualquier día: pasará entonces de ángel a demonio en un santiamén. Lo curioso es que Diego y Lionel nunca se llevaron mal, ni siquiera cuando perdieron juntos –uno como director técnico y el otro como líder– el doloroso Mundial de Sudáfrica. En la campaña ganadora de hace cuatro años, Messi apoyó la canción oficial del grupo: «Muchachos, ahora nos volvemos a ilusionar. Quiero ganar la tercera (copa), quiero ser campeón mundial, y al Diego en el cielo lo podemos ver, con don Diego y con la Tota, alentándolo a Lionel». Se refería a los padres de Maradona y se ponía bajo su inspiración celestial. Fuera del submarino de mala leche de algunas redes sociales, donde pernoctan los unos y los otros, la inmensa mayoría mira con indiferencia las demonizaciones cruzadas de estas elites caricturescas y rencorosas. Ni el Pelusa era revolucionario, ni la Pulga es facha. Todo es absurda guerra de disfraces.
Diego Armando Maradona
