La leyenda del indomable
La leyenda del indomable
Raúl fue el símbolo de la independencia del periodismo. Jamás cedió a otro imperativo que no fuese el de su libre albedrío
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Hay muchas clases de periodistas, pero en el fondo todas se reducen a dos: los que son independientes y los que no. Independencia no significa equidistancia ni neutralidad, ni renuncia a defender valores, ni tibieza; significa autonomía de criterio y de conciencia, libertad intelectual, coraje ... frente a la presión del poder y de las empresas, de esos mandarinatos que nunca cejan en su empeño de domesticar a la prensa, y últimamente también firmeza ante la propia clientela, esas audiencias convertidas por la sociedad digital en un mecanismo más de injerencia que trata de alistar al oficio en una especie de guerra de trincheras. Significa estructura moral para no dejarse arrastrar a batallas ajenas, fibra profesional para moverse con cautela en los círculos de influencia.
El maestro Raúl del Pozo Page era de esa clase: uno de los indomables. Había vivido demasiado intensamente para dejarse impresionar por chisgarabís con ínfulas de mandamases que aspiran a mangonear la política o las finanzas sin haber antes quemado muchas suelas en la calle. Crecido en las sierras de Cuenca acompañando partidas de furtivos por los encinares, conocía el ambiente de los tahúres y las putas y se había desenvuelto entre aristócratas, ganapanes, hippies, artistas y gobernantes. Un tipo que ha tratado a Fidel y a Sartre no se iba a arrugar ante cualquier fulano capaz de creerse alguien en la feria de las vanidades. Como Montanelli, sabía que la verdadera independencia de un periodista está en 'sue palle'.
Cuando se sentaba a escribir no conocía ni respetaba otro imperativo que el de su libre albedrío. Trasminaba literatura a través del reporterismo, su auténtica vocación, y de los artículos. Su alma de gitano (Umbral) destilaba la experiencia sobre el teclado y la voluntad de estilo la convertía en textos cargados de referencias relampagueantes depuradas en un español pulido y limpio, mestizo entre el habla de los pastores de su tierra, el clasicismo de los estoicos y las jergas posmodernas de las nuevas tribus. Su espíritu salvaje, de trotamundos bohemio y desprendido, se remansaba en la lealtad con los amigos, se volcaba en la ternura con los pícaros y se crecía contra los preceptos ideológicos impuestos por las religiones laicas del sectarismo.
Muerto Alcántara, recogió su vara de hermano mayor de la Cofradía de la Columna y la ha llevado hasta el borde de los noventa años con la dignidad y el honor tan intactos como su halo legendario y su temperamento noble, generoso, bizarro. Denunció hasta el final la corrupción, la impostura, la demagogia, la superchería, el engaño del gran teatro donde los poderes públicos les birlan la cartera a los ciudadanos mientras los entretienen con monsergas y relatos. Fue a la vez nuestro Tom Wolfe y nuestro Zola, escepticismo y pasión, sosiego y arrebato, genio y furia, abogado defensor y testigo de cargo. Y jamás de los jamases permitió que nadie se entrometiese en su soberana, insobornable determinación de vivir, pensar y escribir sin dios ni amo.
