Laura Pausini y el negocio del postureo de aparentar cultura
“Tengo que pararme. Disculpen. Quién está mostrando a la gente, ¿tú?. Tienes que ir más atrás porque los de la primera fila pagan mucho, pero no saben las canciones”. Laura Pausini abre su boca repleta de espontaneidad y paraliza la canción con un guiño de complicidad. Por el rabillo del ojo ha contemplado la señal de vídeo de las pantallas: la cámara estaba grabando a esos vips que van a los conciertos no tanto por la música como por sentirse protagonistas. Algunos son compromisos de las compañías de discos, otros influencers invitados para que se hable del show y otros, muchos otros, aspirantes a los dos perfiles anteriores.
Las redes sociales nos han traído hasta aquí: necesitamos acudir en lugares por la excitación de la egolatría más que por la emoción de la experiencia de admirar. Y los organizadores lo aprovechan, incidiendo en formas de segregación del público. Hay que remarcar estatus y se crea un corralito debajo del escenario para los que pueden gastar más. El selfie junto a la celebrity se paga.
Una táctica comercial que termina favoreciendo estampas que son contraproducentes para el brillo de los artistas. Lo sufren los concursantes de OT 2025, que han iniciado su gira en estos días y sus shows parecen más vacíos de lo que están porque el público general se queda lejos del escenario. El motivo nace de la misma queja de Laura Pausini: se ha dedicado áreas según el precio de las entradas. Como consecuencia, se crea una hilera de gente a los pies del escenario y, detrás, la nada.Metros cuadrados de suelo sin nadie, pues hay barreras posteriores que limitan en la lejanía a aquellos que no pudieron desembolsarse tanta pasta.
En otro tiempo, se hubiera abierto la valla para arropar a los cantantes y evitar la percepción de fracaso por la imagen del auditorio sin gente. Como cuando en los teatros bajaban al público del gallinero al patio de butacas debido a que había huecos de sobra. Ganaban todos: los propios actores y cantantes se sentían más arropados. Y a nadie le importaba. Porque la cultura favorecía la solidaridad de compartir. Aunque hubieras terminado gastando más dinero que el que finalmente tuviste al lado. La rabia inicial acaba transformándose en empatía.
Pero las redes sociales nos han invitado a querer salir solos en la foto. Sentirnos celebridades, sentirnos únicos, sentirnos exclusivos. Así el individualismo evidencia su victoria. Antes practicábamos deporte por la adrenalina del juego en equipo, ahora entrenamos en un gym para conseguir el cuerpo que se aplaude en la foto de después. Antes íbamos de vacaciones para descubrir otras formas de vida, ahora para demostrar que tenemos una vida trepidante. Antes buscábamos playas vírgenes para no encontrarnos con nuestros padres, ahora para espatarrarnos en esa roca que nos hace parecer más exóticos que tomando el sol en una tumbona en Benidorm.
Igual sucede en los conciertos. Están los que corren con la ilusión de celebrar la música con la que han crecido y los que ansían estar dentro de un corral para envolverse en la bandera de Very importat Person. Una alegoría de nuestro tiempo: estamos atrapados en el gallinero de las apariencias. Más todavía aquellos que pagan para sentirse que son mejor que el resto. Aunque, en realidad, estén atrapados en un redil.
" Los de la primera fila pagan mucho pero no sé saben las canciones", esas cosas pasan por culpa de los productores, guardan las primeras filas para los "famositos" y no para los fans. Laura no tiene pelo en la lengua para decir verdades.Te amo Laura Pausini 🙏🫰 pic.twitter.com/LNWCMKKrJd— Licda.Annerys Araujo⚔️🩷🌈🇩🇴 (@pausiniannerys) April 19, 2026
" Los de la primera fila pagan mucho pero no sé saben las canciones", esas cosas pasan por culpa de los productores, guardan las primeras filas para los "famositos" y no para los fans. Laura no tiene pelo en la lengua para decir verdades.Te amo Laura Pausini 🙏🫰 pic.twitter.com/LNWCMKKrJd
