Pobres músicos
El mundo nos cambió a todos en este siglo. De pronto nos despertamos con internet, y con teléfonos inteligentes, y nacieron los apps, y Facebook se volvió la agencia de publicidad más grande del mundo, y la música dejó de comercializarse en discos, le dijimos adiós al CD, y llegó Spotify y ahora estamos en el boom de la inteligencia artificial -IA- y todos hemos navegado en aguas inciertas en un mercado que se transformó de la época en que grabábamos música de las emisora a tener la discoteca más grande del mundo en el teléfono. Y en ese contexto a los músicos se les volteó la torta y ahora son los toderos del oficio.
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Ya los músicos, en muchos casos, ni siquiera se necesita que sean músicos, empezando por ahí. Muchos aventureros, con cara linda o pose, se lanzan en la aventura y hasta les suena la flauta en una industria que cada vez premia más la forma que el contenido.
Ya los músicos, en muchos casos, ni siquiera se necesita que sean músicos, empezando por ahí. Muchos aventureros, con cara linda o pose, se lanzan en la aventura y hasta les suena la flauta en una industria que cada vez premia más la forma que el contenido.
Si no se necesita ser músico, mucho menos saber de elementos técnicos básicos como la afinación. Algo o alguien lo hará por ti. De lo que sí deben saber es de mercadeo. Ya no es un artista, es un producto y como tal lo definen una serie de características: posicionamiento, sostenimiento, obsolescencia programada, términos que tienen que ver más con el marketing que con el pentagrama. También debe saber de stilyng, de relaciones públicas, de redes sociales, las benditas redes sociales, es más, ahora es más importante el peluquero y el tatuador que el arreglista o el compositor. Grabar en horizontal para YouTube y en vertical para Instagram. Ahora saben de micrófonos para su “home studio”, saben de luces para el contacto con su público, saben de “live”, y ya ni siquiera hay el esfuerzo de pensar conceptualmente un disco, con tal de salir con una canción cada 2 meses y olvidar la anterior, con eso basta.
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Ya los músicos no necesitan saber de escalas y tesituras. Las voces parecen las mismas. Tenores o bajos, no importa. Ya hasta una IA canta y la contrata una disquera. Ahora hay que saber de algoritmo, de tendencias, de visualizaciones, de viralidad. Un artista no se mide por los aplausos, se mide por los like, no se valora por el contenido de su música sino por las reproducciones, como los padrones. Ya no se usa hacer música para poner a pensar, ahora son otros tiempos los de la música, para pesar de muchos, los nostálgicos que le paraban bolas a una canción.
Ya los músicos no necesitan una disquera que los represente. Cada uno puede ser su propia empresa, bien por la democratización, mal por la calidad. Ya los músicos necesitan a un personaje que “crea en el proyecto”. Es decir que ponga plata, y mucha, para llegar muy lejos. A más dinero, más lejos se llega con la payola, pagando máquinas que generen reproducciones a granel, porque ahora lo importante no es qué dice la canción sino cuántas reproducciones tuvo en las primeras 24 horas.
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Ya los músicos no necesitan las emisoras. Ahora es el mundo de las plataformas, donde el mercado prioriza a los grandes y perjudica a los chiquitos. En Spotify te pagan como 12 pesos por reproducción y nada más giran el cheque luego de unas miles de ellas. Es decir, los chiquitos le trabajan gratis al sistema. Es una vitrina para que te vean, mientras que ellos se lucran de ello.
Ya los músicos no saben de grupos y acompañamientos, para eso está la IA, que en cuestión de segundos te hace un arreglo, una orquestación y, si necesitas, te hace la canción, la letras, la música, el arreglo y hasta te la canta. Ahora el que no sepa de IA es como el mecánico que desbarata un carro con un martillo.
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Ya los músicos no viven para ser clásicos. Aún estamos oyendo los tangos de los 30, la salsa de los 70, el pop-rock de los 80, pero la canción de hace 5 meses ya suena a vieja. No está hecha para perdurar, la gran mayoría metiditos en la misma canasta ni siquiera se puede hablar de ciertos temas porque las plataformas te bajan. Ahora ellas son los grandes supervisores de la moral y las buenas costumbre.
Son tiempos raros para los músicos y para la música, que pierde de a poco su característica de arte para volverse un producto más del consumo humano, tan cotidiano que se desecha como una caja de cereal.
Son tiempos raros para los músicos y para la música, que pierde de a poco su característica de arte para volverse un producto más del consumo humano, tan cotidiano que se desecha como una caja de cereal.
