Banco de alimentos… y de dignidad
Esta semana visité el Banco de Alimentos de Bucaramanga. Salí conmovido. No solo por las cifras —que ya de por sí son contundentes— sino por el espíritu que se respira en cada rincón: organización, disciplina, entrega y una convicción profunda de que rescatar comida es, en realidad, rescatar vidas.
En el mundo, los Bancos de Alimentos se han convertido en un eslabón esencial para enfrentar uno de los mayores contrasentidos de nuestra época: mientras millones padecen hambre, toneladas de comida terminan en la basura. En Colombia, 9,7 millones de toneladas de alimentos son arrojadas cada año. Es un dato que debería escandalizarnos. Más aún cuando en Santander el 31% de la población —unas 650.000 personas— presenta consumo insuficiente de alimentos y recurre a estrategias de afrontamiento contra el hambre.
El drama se agrava al saber que en el departamento 653 niños y niñas menores de cinco años padecen desnutrición aguda. Frente a esa realidad, la pregunta es cómo logramos que sean aún más fuertes. El modelo es simple y poderoso: rescatar, clasificar, distribuir y entregar excedentes de comida a organizaciones beneficiarias que atienden población vulnerable. Pero detrás de esa secuencia hay logística, trazabilidad, controles sanitarios y una red articulada con 57 fundaciones, 30 parroquias y otras 20 organizaciones sociales que hacen posible que el alimento llegue a quien lo necesita.
Los resultados recientes hablan por sí solos. Más de 28.000 kilos rescatados, 1.500 mercados entregados, 2.600 suplementos nutricionales distribuidos y más de 720 niños beneficiados. Además, el Banco no se limita a entregar comida: también impulsa procesos de inclusión y emprendimiento, con 25 migrantes capacitados y 11 que recibieron capital de trabajo. No es solo asistencia; es transformación social.
Existen 25 Bancos de Alimentos en Colombia, pero el de Bucaramanga, al menos desde lo que pude observar, combina eficiencia operativa con una mística admirable. Allí se entiende que la seguridad alimentaria no es una consigna, sino un compromiso ético. Se promueve la nutrición infantil, el fortalecimiento del núcleo familiar y hasta la recuperación de excedentes agrícolas en zonas rurales.
Ahora bien, ningún Banco de Alimentos puede sostenerse sin el apoyo decidido de la empresa privada. Supermercados, restaurantes, fruvers, plazas de mercado, hoteles, hospitales y fabricantes de alimentos tienen en sus manos una oportunidad concreta de generar impacto social mientras optimizan sus costos. La legislación colombiana incluso ofrece incentivos claros: la Ley 2380 de 2024 permite un descuento de hasta el 37 % del valor de la donación en la declaración de renta. A ello se suma la reducción de costos logísticos y de destrucción de excedentes, además del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
En otras palabras, donar no es solo un acto de generosidad; es también una decisión inteligente para empresarios conscientes.
