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¿Empréstito para la gente?

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22.03.2026

En una ciudad como Bucaramanga, cada decisión pública debería responder a una pregunta simple pero profunda: ¿esto mejora la vida de todos o solo resuelve lo inmediato? Hoy el debate no es si endeudarse o no. El debate real es para qué endeudarse. Porque no toda deuda es mala, pero tampoco toda inversión es inteligente.

El municipio ha planteado la posibilidad de acudir al crédito para financiar obras de infraestructura: vías, intercambiadores, espacio público. Obras visibles, medibles, inaugurales. Obras que generan una percepción rápida de progreso. Pero hay una pregunta incómoda que no podemos evitar: ¿vale la pena comprometer recursos durante más de una década para construir más vías mientras el sistema de transporte masivo lucha por sobrevivir?

Las vías son necesarias, sí. Nadie puede negar su importancia en una ciudad que ha crecido de forma desordenada y con déficits históricos de infraestructura. Pero también es cierto que, en muchos casos, son una solución parcial. Construir más carriles no resuelve el problema de fondo si seguimos moviendo personas principalmente en vehículos particulares. Es una lógica que ya ha sido probada en muchas ciudades del mundo: más vías terminan llenándose de más carros. Es una carrera que nunca se gana.

El transporte masivo, en cambio, plantea una transformación distinta. No es tan visible, no se inaugura con facilidad, no produce aplausos inmediatos. Pero cambia la estructura de la ciudad. Un sistema de transporte masivo eficiente reduce tiempos de desplazamiento, mejora la productividad, disminuye la contaminación y, sobre todo, conecta a las personas con oportunidades. En el fondo, es una herramienta de equidad. Porque quien no tiene carro también tiene derecho a moverse con dignidad.

Ahí está el verdadero dilema: invertir en lo que se ve o en lo que realmente cambia la vida. Endeudarse para una vía puede generar impacto inmediato, pero endeudarse para salvar el sistema de transporte masivo puede cambiar el rumbo de la ciudad.

Además, hay un elemento que no se puede ignorar: la deuda no la paga un gobierno, la paga la ciudad durante años. Cada decisión de endeudamiento reduce el margen de acción de las administraciones futuras. Por eso, el debate no es únicamente financiero. Es también un asunto de responsabilidad y de visión.

Si Bucaramanga va a endeudarse, debería hacerlo para resolver problemas estructurales, no para atender soluciones de corto plazo. Debería priorizar aquello que tenga un impacto duradero en la calidad de vida de la mayoría, no solo en la percepción inmediata de progreso.

En el fondo, esta es una discusión sobre el modelo de ciudad que queremos. Uno en el que seguimos ampliando vías para acomodar más vehículos, o uno en el que organizamos el territorio alrededor de un sistema de transporte eficiente que priorice a las personas. La pregunta no es si vale la pena endeudarse. La pregunta es si vamos a hacerlo para seguir en la misma lógica o para cambiarla. Porque al final, no se trata de mover más carros, sino de mover mejor a la gente.


© Vanguardia