El desierto crece
Byung-Chul Han es un filósofo surcoreano cuya obra se ha convertido en una de las críticas más agudas a la cultura digital contemporánea. Sus ensayos analizan la transformación del poder, la comunicación y la subjetividad en la era de las redes.
Para Han, la democracia liberal no está siendo demolida por dictaduras, sino vaciada desde dentro por una mutación más sutil. La esfera pública, entendida como espacio de deliberación, se disuelve en una circulación permanente de estímulos donde la opinión reemplaza al juicio y la exposición sustituye al argumento.
En su diagnóstico, la sociedad opera bajo el imperativo de la visibilidad. Todo debe mostrarse, compartirse, reaccionarse. La sobreabundancia de información no produjo ciudadanos más reflexivos, como se esperó en tiempos ilustrados, sino sujetos saturados. El algoritmo privilegia aquello que genera interacción inmediata, no lo que contribuye a la comprensión.
Este marco permite comprender fenómenos como la candidatura al Senado de Pechy Players por el Partido Conservador, que no puede ser analizada únicamente como un caso individual, sino como síntoma estructural. La legitimidad política ya no se construye desde la ideología, la formación académica o la experiencia administrativa. Se edifica, cada vez más, en la acumulación de seguidores y en la capacidad de sostener la atención de los votantes en plataformas digitales.
El trasfondo es el agotamiento de la representatividad clásica. Amplios sectores ciudadanos perciben a los partidos como maquinarias cerradas y distantes, algunos de ellos sin vocación de poder. Esa fatiga abre la puerta a liderazgos que generan cercanía inmediata y autenticidad. Sin embargo, como advierte Han, las redes no producen comunidad en sentido fuerte. Generan agregados de individuos conectados por emociones. La esfera pública se fragmenta para reforzar convicciones preexistentes reduciendo la posibilidad de contraste racional.
La consecuencia es una estetización de la política. El discurso se adapta a los formatos breves, a lo viral, o a la indignación rentable. La complejidad programática, que exige tiempo y contradicción, pierde terreno frente a la afirmación contundente y fácilmente compartible. La representación se transforma en performance. El candidato ya no lanza propuestas, produce contenido. Y el contenido compite por atención en un entorno saturado.
El riesgo no consiste en que ingresen nuevos actores al sistema democrático. La democracia, por definición, debe ser inclusiva. El riesgo es que la popularidad digital se confunda con capacidad. Cuando la política se rige por métricas de visibilidad, la legitimidad se vuelve cuantitativa y la profundidad pierde valor.
El desierto crece, afirmó Nietzsche en el Zaratustra. Frente a ello, la tarea es reconstruir la cultura política que exige programa, coherencia y responsabilidad. Sin esa reconstrucción, la democracia no desaparecerá de golpe, tan solo se vacía, se banaliza. Y en ese vaciamiento silencioso es donde avanza, imperceptiblemente, la crisis.
