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¿A quién pretenden engañar ahora?

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06.03.2026

En tiempos de elecciones, Colombia vuelve a mirarse al espejo con una mezcla de ilusión y desconfianza. Como en la canción “A quien engañas, abuelo” del maestro Arnulfo Briceño, la pregunta resulta incómoda porque deja al descubierto contradicciones que son un síntoma. Más que un lamento por la tierra perdida emerge la imagen de un país que cada cuatro años renueva promesas y recicla prácticas. Hoy, esa voz parece encarnar a una ciudadanía menos ingenua, que observa la escena pública con escepticismo razonable y se pregunta ¿a quién pretenden engañar ahora? El voto es una prueba de memoria, criterio y responsabilidad que define si se aprendió algo de los desencantos o si se seguirá apostando por políticos de paso.

Cada ciclo electoral repite una coreografía conocida, promesas desbordadas frente a realidades persistentes. Surge entonces una inquietud inevitable ¿a quién engaña Colombia cuando elige? La metáfora de “puentes donde no hay ríos” retrata con precisión una práctica política persistente prometer sin contexto, ofrecer sin diagnóstico, seducir sin responsabilidad. En campaña, el discurso se expande con facilidad; en el poder, se diluye entre excusas y culpas heredadas. Y, sin embargo, el entusiasmo reaparece, como si la memoria colectiva fuese frágil o selectiva.

El desafío no radica en la promesa —toda democracia se nutre de proyectos y visiones— sino en la brecha entre la palabra y la realidad. Colombia no es una consigna; es una nación diversa, atravesada por desigualdades históricas y brechas sociales que exigen políticas coherentes y sostenidas. Cuando la política se reduce a estrategia publicitaria, el ciudadano pierde centralidad y se convierte en espectador. En ese tránsito se instala el autoengaño colectivo, la emoción sustituye al análisis y el eslogan desplaza al debate informado.

A esto se suma que la contienda electoral ha adquirido un tono de confrontación moral que fractura el tejido social. El desacuerdo se interpreta como traición y la diferencia como amenaza. Así, el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo. Pero las elecciones deberían ser el escenario de la deliberación y la construcción compartida, no de la descalificación permanente. Sin respeto por la pluralidad, el resultado nace herido. Por eso, la pregunta de la columna no interpela solo a los candidatos; también involucra a todos como ciudadanos. ¿A quién pretenden engañar ahora? ¿A un país que acumula suficientes frustraciones? El voto es la herramienta que otorga legitimidad y permite exigir resultados.

En regiones como Santander, que reclaman liderazgo serio y coherente, esa responsabilidad pesa aún más esa es la madurez democrática. Se puede cambiar el rumbo mediante un voto consciente, informado y exigente. Si se premia la coherencia, se fortalecen las instituciones; si se recompensa la retórica vacía, se perpetúa la frustración. Que esta vez la voz ciudadana sea serena y firme sin olvidar, ni delegar. Porque la pregunta es una advertencia. Y la respuesta, está en manos de cada colombiano.


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