Entre la fe y el rebusque en los días santos
Hay algo revelador en la Semana Santa: no tanto lo que se predica, sino lo que ocurre. Mientras en las iglesias se habla de recogimiento y silencio, en las calles se despliega una economía paralela que no entiende de ayunos ni de penitencias.
La escena es conocida. Afuera de los templos, entre procesión y procesión, aparecen vendedores de agua, velas, escapularios de múltiples colores y rosarios importados —probablemente de China, lo cual añade un matiz global a la fe—. La espiritualidad, al parecer, también tiene margen de ganancia.
Pero no se trata solo de comercio. Es rebusque, en su forma más honesta. Detrás de cada puesto improvisado hay alguien que entendió que la fe convoca multitudes y que, donde hay multitudes, hay oportunidad. No es falta de fe; es supervivencia.
Y aquí surge la tensión interesante: una semana que invita a la renuncia termina siendo, paradójicamente, una de las más activas en términos económicos para muchos. Mientras unos reflexionan sobre el desprendimiento, otros venden todo lo que pueden; mientras unos guardan silencio, otros ofrecen promociones, y hasta hay quien aprovecha para “echarle un ojito al carro”.
La Semana Santa es un retrato bastante fiel de lo que somos. La vida no se detiene porque el calendario marque días sagrados. El que necesita trabajar, trabaja. El que vive del día a día no puede darse el lujo de una pausa espiritual prolongada. Y en ese sentido, deja de ser solo un evento religioso para convertirse también en un fenómeno social y cultural.
Lo cierto es que todo está normalizado. Compramos la vela, el rosario, la novena y seguimos con la procesión como si nada. También están los globos de helio para el niño, el antojo que aparece sin aviso, una compra inofensiva que hace parte de ese mismo movimiento. La fe y el comercio conviven sin conflicto.
Y al final, después de la rezada, casi siempre viene algo: comer. El helado, el chuzo, cualquier cosa. Porque la fe también abre el apetito, y la calle lo sabe.
Este panorama muestra que no son mundos opuestos. La espiritualidad no elimina la pobreza, y esta no cancela la fe; se cruzan. Así, la Semana Santa no es solo un espacio de reflexión, sino también un espejo de la realidad, donde se ve esa mezcla tan nuestra de devoción y carencias.
Y al final, entre rezos, ventas y pequeños gastos, lo que queda claro es que incluso en los días santos, la vida y su economía no se detienen: se sostienen en la necesidad de quien vende y en quienes, movidos por la fe, la sostienen al consumir, como parte de lo cotidiano, cada año.
