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El sonido y la palabra

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Hay ausencias que traen una porción de silencio y nos obligan a escuchar de otro modo. En menos de un mes, Santander ha despedido a dos hombres que honraron la música andina colombiana y la asumieron como una forma de estar en el mundo. Jairo Arenas Ribero y Orlando Serrano Giraldo fueron custodios de una tradición que supieron comprender y entregar enriquecida.

Jairito fue, ante todo, un virtuoso. En sus manos, el tiple se convertía en sentimiento. No se limitaba a interpretar; hacía que cada pieza respirara, que cada acorde encontrara un matiz propio, que la música recuperara su capacidad de conmover sin artificio. Me complació miles de veces con su magistral ejecución de La veleñita, guabina de Pacho Benavides, y lo recuerdo divirtiéndonos con aquellas exclamaciones partidistas con que acompañaba La loca Margarita, rumba criolla de Milciades Garavito. Había en él rigor, oficio y gracia. Nunca perdió esa condición esencial de amigo afable, que hacía de cada reunión una fiesta del espíritu.

Orlando también fue tiplista, aunque su esfuerzo estuvo más concentrado en investigar y divulgar las expresiones artísticas. Su conocimiento de este instrumento y de la obra de Luis A. Calvo no era simple erudición, sino comprensión viva. Fue lector incansable, experto en El Quijote y librero por vocación. En alguna ocasión me obsequió el libro El Prado, una edición bellísima sobre las colecciones del museo de Madrid. Él, que no distinguía los colores y que solo percibía el mundo en escala de grises, me hablaba de Goya, Velázquez y Zurbarán con una precisión asombrosa. Veía más allá de lo evidente.

La proximidad de sus partidas acentúa la pérdida de dos excelsos cultores de nuestro folclor. Uno desde el sonido; el otro desde la palabra.

Se va con ellos una manera de cultivar la amistad y de impedir que lo ancestral se vuelva caricatura. Quedan sus grabaciones, sus textos, sus enseñanzas y la memoria de muchas horas. Haciendo eco de una canción del Dueto de Antaño que tantas veces nos reunió y que volvimos himno de incontables tertulias, hoy, con un nudo en la voz, repetimos: “Se va, se va la lancha”, como si en esa despedida se nos fuera una parte entrañable de la historia compartida.

La cultura no se sostiene solo en los grandes escenarios ni en los discursos oficiales. También descansa en estas vidas discretas, capaces de preservar una herencia y entregarla con generosidad. Por eso, al evocarlos, no sentimos solo tristeza. Sentimos gratitud y compromiso. Que el tiple no quede huérfano. Que la palabra no pierda su filo. Que la música andina siga siendo una manera digna de honrar a nuestro país.


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