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Estados Unidos contra el cable a China: Boric Unplugged

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01.03.2026

Minutos después de que Marco Rubio desatara la ira de Estados Unidos contra el gobierno chileno, le pregunté a un habitante de La Moneda qué había pasado.

“Fibra óptica submarina. El mensaje es: no puedes meterte con los chinos”, fue su pronta respuesta.

El o la que diga en el actual gobierno que la decisión de Rubio lo pillo desprevenido, miente. Y si no supo, debería meditar seriamente cuánto pesa.

La advertencia-amenaza no es de semanas, ni siquiera de meses. Es de años. La última milla del hastío la maneja el agresivo y vitriólico embajador Brandon Judd. 

Pero la historia es larga: fue en abril de 2019 cuando el entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, de visita en Chile, advirtió sin anestesia los riesgos que conllevaba asociarse con la empresa china Huawei, que trabajaba en un proyecto de 5G en Puerto Williams.

“Lo que hablamos hoy y lo que hemos dicho de manera pública es que Huawei está controlado por el gobierno de China. Entonces, poniendo la información de los ciudadanos en ese tipo de tecnología, en esa infraestructura china, presenta riesgos a los ciudadanos de tu país”, señaló Pompeo, a la salida de la reunión con el presidente Piñera.

“No tenemos confianza en esos sistemas. Así que si ustedes usan esos sistemas, si ustedes usan sistemas no confiables dentro de su red, forzará a los Estados Unidos a tomar decisiones sobre dónde ponemos nuestra información también”, advirtió Pompeo. 

Esa vez fue Huawei, ahora fue China Mobile, la empresa de telecomunicaciones más grande del mundo.

El 22 de noviembre de 2016 la presidenta Michelle Bachelet se reunió en La Moneda con el todopoderoso Xi Jinping. Dentro de la nutrida agenda que conversaron, uno de las propuestas que el presidente chino relevó fue construir un cable submarino que uniera Chile con su país.

El plan de Xi Jinping es su sueño y legado y también un destino del país: la versión siglo XXI de la Ruta de la Sed, la Belt and Road Initiative (BRI) 

Esta explica la millonaria inversión, por todo el planeta, en puertos, carreteras, rutas navieras y cables submarinos. Y varios etcéteras.

El fin: dominar el comercio mundial. 

“Hermanos unidos, fuerzas infinitas”, le dijo ese día Xi Jinping a Bachelet.

Entre los doce puntos que se acordaron en la reunión de 2016, el segundo especificaba: “Transferencia tecnológica entre la Subsecretaría de Telecomunicaciones (Subtel) y la gigante china Huawei”.

Cincuenta días después de esa visita de Xi Jinping, la Subsecretaría de Telecomunicaciones emitió una nota técnica. Fechada el 10 de enero de 2017, el título es “pre-factibilidad cable Chile-China” 

Así comienza el informe:

“Los gobiernos de Chile y China firmaron un acuerdo de colaboración, el cual tiene como uno de sus objetivos realizar un estudio de prefactibilidad para la instalación y construcción de un cable transpacífico entre Chile y China”.

Llama la atención que, en una tan temprana etapa, los escenarios se definieran con claridad. Incluso las rutas.

“Conexión directa entre China y Chile. Se establece Shanghái como nodo terminal (aunque puede modificarse) dada su importancia comercial y potencial de punto de interconexión con otras redes, tanto de Asia como otras del resto del mundo. El trazado continúa hasta Isla de Pascua, Juan Fernández (nodos intermedios) para finalizar en Valparaíso (nodo terminal)”

“Esta ruta considera la conectividad Chile-China a través de Oceanía. Por ello, las ciudades de Sidney y Auckland pueden ser puntos de interconexión estratégicos para seguir la ruta hacia Isla de Pascua”

“La tercera alternativa de ruta considera la Polinesia Francesa, la cual cuenta con conectividad limitada de cables submarinos por encontrarse aislada geográficamente y ser un punto de interconexión estratégico técnicamente por encontrarse en medio del trazado Chile-China. Nodos: Shanghai – Polinesia Francesa – Isla de Pascua – Juan Fernández – Valparaíso”

⁠En julio de 2017, la agencia de noticias estatal china Xinhua informaba: “El gobierno chileno anunció este miércoles que está trabajando con China para instalar un cable submarino de fibra óptica entre ambos países. El proyecto demuestra que China considera a Chile como un puente hacia Latinoamérica. Sería el primer cable submarino de fibra óptica que conectaría directamente Asia con América Latina”.

El proyecto quedó en carpeta: en 2018 Bachelet se despidió de La Moneda.

El siguiente gobierno -Piñera 2.0- también contó con un capítulo del cable submarino. Me dicen que la idea interesó mucho a dicha administración. “Pero a diferencia de Bachelet, nosotros no nos casamos con una opción, como la china. Conversamos con todos los probables socios y estudiamos ocho rutas distintas. Además era un cable que iba a Asia, no específicamente a China”, me cuenta un funcionario de Piñera 2.0.

Además descartan que las presiones de EE.UU. hayan inhibido una sociedad con los chinos. “Por motivos económicos y de factibilidad el destino elegido fue Australia y Google el socio”, dicen.

Hablé con seis personas ligadas a los gobiernos de Bachelet 2.0 y Piñera 2.0. Todas participaron en los estudios para ver la factibilidad del cable submarino.

Ellas coinciden que el proyecto siempre se analizó con ojo político primero y ojo técnico después. O a lo sumo en paralelo. “Nunca fue un tema donde el ministerio de transportes jugaba solo”, me dicen. 

Un funcionario de la Subtel de Bachelet me dice que el timón lo tenía Cancillería. “Nosotros íbamos atrás, no adelante”.

Un miembro del gobierno de Piñera me cuenta que la Subtel tenía línea directa con Interior, Cancillería y Defensa. “Le informábamos los avances de los estudios y los escenarios posibles”.

“Además el Presidente pedía reportes técnicos cada dos semanas”.

Preguntas por responder

Desde que se conoció la decisión de EE.UU. de revocar la visa de tres importantes funcionarios del gobierno de Boric, la reconstitución de escena ha sido confusa, contradictoria y aún llena de interrogantes. El gobierno ha aportado a la bruma.

Algunas preguntas por dilucidar: ¿el canciller Van Klaveren aprieto el botón de alerta antes de que el proyecto entrará en la vorágine final (noviembre 2025- enero 2026)? Si la aprieto ¿con quién lo hizo y ese quien o quienes qué le respondió?. Si no la aprieto, ¿por qué una decisión que evidentemente irritaría a EE.UU. no fue ponderada por la autoridad a cargo de vivir atenta a las tensiones y los humores de los imperios? Y antes de esto ¿Alguien le pidió que se hiciera cargo del tema?

Expertos en asuntos internacionales me dicen que es imposible que el gobierno no supiera que se estaba comprando un menudo lío con EE.UU. Sobre todo por el actual embajador -de armas tomar- y por su jefe, Trump, de armas tomar. Trump 1.0, que ya estaba irritado, es una versión pasteurizada de Trump 2.0.

Es cosa de escuchar la prensa.

Brandon Judd hizo ver a quien se le ponía al frente -incluso por redes sociales- que el proyecto no debía hacerse. Varios ministros incluidos. Así de simple y directo. No por razones técnicas: por seguridad regional (política en simple). Y al que no le guste, mala suerte.

Una versión recargadísima y actualizada de la advertencia -a estas alturas meliflua- de Pompeo en 2019.

Dicho todo esto, la pregunta que circula hoy en la política -este podría ser el próximo episodio de esta novela- es si acaso las alertas se encendieron varias veces y el control de daños se hizo. Y así todo alguien decidió que “vamos para adelante no más”. 

Por el respeto a la soberanía nacional. 

O por ir contra Trump -y qué mejor que los chinos para diversificar-. E irritarlo.

O por todas las anteriores.


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