¡Grande, Venezuela!, por Rafael A. Sanabria M.
¡Grande, Venezuela!, por Rafael A. Sanabria M.
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El béisbol para un venezolano no es un simple deporte; es un lenguaje compartido y una herencia cultural. Es la narrativa que une a un abuelo en un pueblo andino con un niño en una barriada caraqueña.
Por eso, lo ocurrido este 17 de marzo de 2026 en Miami no fue solo una victoria deportiva, sino un ejercicio de reafirmación y un necesario encuentro con nuestra propia trayectoria. Al observar hoy la alegrÃa desbordada en nuestras plazas, cabe preguntarse desde la sociologÃa del éxito: ¿Es el béisbol el último hilo invisible capaz de coser las fracturas de nuestra identidad colectiva?
Para dimensionar este tÃtulo del Clásico Mundial (WBC), debemos hurgar en las raÃces de nuestra memoria histórica. Venezuela no es una advenediza en los diamantes; nuestra relación con el guante y el bate se remonta a finales del siglo XIX, cuando el juego se introdujo como un sÃmbolo de modernidad y civilidad.
Sin embargo, el hito fundacional ocurrió en octubre de 1941, en el Estadio La Tropical de La Habana. AllÃ, los «Héroes del 41» —bajo la égida de Daniel «Chino» Canónico y la conducción técnica de Abelardo Raidi— sellaron nuestra fe competitiva al conquistar la Serie Mundial Amateur.
Sin embargo, el hito fundacional ocurrió en octubre de 1941, en el Estadio La Tropical de La Habana. AllÃ, los «Héroes del 41» —bajo la égida de Daniel «Chino» Canónico y la conducción técnica de Abelardo Raidi— sellaron nuestra fe competitiva al conquistar la Serie Mundial Amateur.
Aquel triunfo fue tan telúrico que transformó la psicologÃa del venezolano, otorgándole un sentido de pertenencia global. Ochenta y cinco años después, la historia rima con la misma fuerza.
Tras décadas de bregar en la máxima vitrina profesional, surge la interrogante: ¿HabÃamos olvidado que el ADN de campeón siempre estuvo allÃ, esperando que la voluntad organizada igualara al talento individual?
Vencer a Estados Unidos (3-2) en la final trasciende lo técnico; es la validación de una escuela de juego propia ante los ojos del mundo. El triunfo tuvo, además, un sello regional indiscutible en la figura del carabobeño Eduardo RodrÃguez.
El zurdo valenciano, heredero de la tradición de serpentineros de nuestra región central —cantera inagotable que ha nutrido al paÃs desde los tiempos de los equipos de ligas menores y las escuelas de formación—, enfrentó a la toleterÃa más poderosa del planeta con la templanza de quien se forjó bajo el sol de nuestras provincias.
Su dominio nos obliga a reflexionar sobre el valor de la formación desde la base: ¿Cuántas victorias más permanecen latentes en nuestros semilleros regionales, esperando que la planificación y el método académico potencien su alcance? Lo más profundo de este logro sucede fuera del terreno.
La selección nacional ha logrado una tregua de felicidad absoluta y un sentido de propósito compartido que pocas veces se alcanza en la vida pública.
La selección nacional ha logrado una tregua de felicidad absoluta y un sentido de propósito compartido que pocas veces se alcanza en la vida pública.
Al ver a nuestros jugadores celebrar con lágrimas en los ojos, evocando inconscientemente las glorias de Luis Aparicio o la estirpe de los Davalillo, es inevitable plantearse: ¿Por qué nos cuesta tanto trasladar esa disciplina, esa unión y ese rigor profesional de nuestro equipo nacional a los desafÃos cotidianos de nuestra sociedad?
*Lea también: Venezuela bateó contra la adversidad y se coronó campeón del Clásico Mundial
Venezuela es hoy campeona del mundo porque entendió que para ganar no bastaba con el Ãmpetu, sino con la mÃstica y el respeto a la historia. Frente a la potencia del norte, opusimos memoria y coraje, dejándonos una última lección para el porvenir: Si fuimos capaces de conquistar la cima del mundo en el diamante a través del esfuerzo conjunto, ¿qué nos impide reconstruir con esa misma pasión y objetividad el resto de nuestros grandes anhelos como nación?
Rafael Antonio Sanabria MartÃnez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).
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