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Rusia también guardó silencio, por Alexander Cambero

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04.04.2026

Rusia también guardó silencio, por Alexander Cambero

La nieve apenas acariciaba sinuosamente las calzadas adyacentes al Kremlin. Cielo gris como en una estampida sideral de nubes alineadas al comienzo del invierno ruso. Los ciudadanos discurrían entre gruesos abrigos que dejaron los percheros para enfundarse en pieles moscovitas.

La Plaza Roja, como en una puesta en escena. En el bulevar Tverskoy, en donde se cobija una mansión de cuatro pisos de arte barroco con el célebre café Pushkin como epicentro, no se imaginaban que, mientras tomaban las primeras tazas de chocolate, a mil quinientos kilómetros de ahí los picos se estrellaban contra las losas para derribar el muro de Berlín.

Dos pueblos que en realidad eran uno y que fueron abruptamente separados por la argucia de las superpotencias decidían acabar con el horror y poder estrechar después de décadas de sometimiento las manos de sus hermanos. El fervor atravesó la pared, cayéndose entre la ilusión y la esperanza de verse libres. Era acabar con el lagarto prehistórico del comunismo internacional.

En ese tiempo, Vladimir Putin era agente de la KGB en Dresde. De pronto, la gente rodeó el edificio para acabar con aquel tenebreoso equipo de espías. Putin llamó a Moscú para solicitar ayuda, pero nadie respondió. Fue así como rápidamente comprendió que todo había cambiado.

Semanas después, la bandera de la URSS era arriada entre dejos de melancolía. Las quince repúblicas que componían el país se independizaron. Era la muerte de su socialismo de cortinas de hierro y el horror helando las venas inocentes. Bajo el cielo moscovita se izó la bandera rusa. Mijaíl Gorbachov había renunciado, apareciendo Boris Yeltsin en la escena protagónica. La derrota histórica marcó su recorrido.

Los años desvanecieron la impronta de la vetusta Revolución de Octubre. Se fue momificando su interés para quedar como el cuerpo embalsamado de Vladimir Ilich Lenin a los pies de la muralla del Kremlin. Quien perdió la Guerra Fría con los Estados Unidos tuvo que comprender que su influencia sufrió un infarto al miocardio de la geopolítica universal.

Los años desvanecieron la impronta de la vetusta Revolución de Octubre. Se fue momificando su interés para quedar como el cuerpo embalsamado de Vladimir Ilich Lenin a los pies de la muralla del Kremlin. Quien perdió la Guerra Fría con los Estados Unidos tuvo que comprender que su influencia sufrió un infarto al miocardio de la geopolítica universal.

Quizás su pérdida más dolorosa fue Ucrania. Entre las aguas del río Dniéper y las catacumbas de Kiev se originó el idioma ruso hace cinco mil años. Sus bendecidos valles llenaron las canastas soviéticas. El coraje de ese pueblo, harto de Moscú y su brutal sometimiento, es algo que no esperaban. Esa resistencia heroica colmada de dignidad es algo que sobrepasa al arsenal militar ruso en el Báltico.

Lo ocurrido en Venezuela con Nicolás Maduro era algo que presagiaban. Los informes secretos que presentaba el canciller Sergei Lavrov sobre la precaria situación del gobierno apuntaban en esa dirección. El haberse robado las elecciones presidenciales detonó una bomba que estalló en el escenario mundial. Ya Rusia había ido tomando sus previsiones.

Las últimas visitas del preso en Nueva York fueron sumamente incómodas. Lo recibieron funcionarios de tercera categoría. Sus exigencias solicitando auxilio y financiamiento chocaban con su voracidad para malgastarlo de manera violenta. La inteligencia rusa conocía cada detalle; aquello era un barco a la deriva a punto de zozobrar.

Por eso el desenlace del 3 de enero no los sorprendió. «Está bien que te inviten, pero es mejor permanecer en casa», suelen decir para no tomar partido. Y así, con una frialdad tan marcada como sus estepas siberianas, se han mantenido observando el desfallecer de la revolución tropical que encarnó un romántico Hugo Chávez, del cual hacían ácidos chistes en privado.

Entre Donald Trump y Vladimir Putin existe una muy buena sintonía. El hoy presidente norteamericano fue uno de los primeros en invertir en Rusia en plena crisis económica. Igualmente, ha jugado un papel de mediador ante Ucrania. Quien viene presionando al gobierno que preside Volodimir Oleksándrovich Zelenski para que acepte el cese al fuego y el acuerdo de paz que favorece en sus veintiocho puntos enormemente a Moscú es el primer mandatario estadounidense.

Como expresidente, guardó silencio ante la extraña muerte del principal opositor del gobierno de Putin, Alexei Navalny, envenenado en una cárcel. Esa relación de amor-odio no se erosionará por Nicolás Maduro. El presidente ruso no se cortará las venas por el usurpador, ni se rasgará las vestiduras; menos hará una tortuosa peregrinación a La Meca por el prisionero número 00734-506.

Como expresidente, guardó silencio ante la extraña muerte del principal opositor del gobierno de Putin, Alexei Navalny, envenenado en una cárcel. Esa relación de amor-odio no se erosionará por Nicolás Maduro. El presidente ruso no se cortará las venas por el usurpador, ni se rasgará las vestiduras; menos hará una tortuosa peregrinación a La Meca por el prisionero número 00734-506.

Ellos saben que la dictadura venezolana está condenada a morir. Que cuando se haga una nueva elección, la derrota del régimen será aún más aplastante. Por supuesto, escriben comunicados condenando el hecho. Es el juego para cubrir formas diplomáticas. La realidad es que no toman partido. Seguirán auspiciando el turismo en Margarita. Alguna labor de inteligencia en menor escala, pero siguiendo el lineamiento de Moscú de marcar distancia.

El laberinto de Nicolás Maduro es el de la orfandad. Fue traicionado por sus colaboradores. Sus supuestos amigos de poderosos tentáculos, como China y Rusia, optaron por desligarse en esta coyuntura. Esperan el devenir de los acontecimientos para asumir posturas. Los tiempos de la bandera venezolana en alegre compañía de la enseña de la Federación Rusa han muerto.

El ceño fruncido del canciller Sergei Lavrov seguirá haciendo su papel de aliado en los foros internacionales. Su trabajo no pasará de allí. No existirá una llamada al Jefe de Estado Mayor General Valeri Guarásimov para que mueva al buque de guerra más importante de ellos, como lo es el Almirante Nakhimov, para venir al Caribe para mostrar sus afilados dientes bélicos en defensa de la dictadura venezolana.

*Lea también: El Fin de la Historia de Venezuela, por A. R. Lombardi Boscán

Menos sus aviones, Sukhoi Su-57 con capacidad de vuelo de hasta 2000 kilómetros por hora. Quienes se encuentran en la base aérea de Dyzomgi, en el lejano oeste ruso, a doscientos ochenta kilómetros de la frontera con China. El régimen en solitario atraviesa su propio desierto. Su futuro es la inanición absoluta. La piel del oso ruso no se quemará para complacer a una revolución atascada en el lodazal de su propia incapacidad.

Alexander Cambero es periodista, locutor, presentador, poeta y escritor.

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