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Energía escasa, proyectos más largos… y una ventana para Venezuela, por Asdrúbal Oliveros

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Energía escasa, proyectos más largos… y una ventana para Venezuela, por Asdrúbal Oliveros

En los últimos meses, el repunte de las tensiones en Oriente Medio ha vuelto a recordarle al mundo algo que con frecuencia se olvida en el debate energético: la seguridad de suministro sigue siendo un tema central para la economía global. Cuando los conflictos geopolíticos presionan al alza los precios del petróleo, los países consumidores reaccionan buscando nuevas fuentes de abastecimiento. Sin embargo, la realidad de la industria energética hoy es mucho más compleja que hace algunas décadas.

Un informe reciente del Global Energy Monitor ofrece un dato revelador: el tiempo promedio que tarda un nuevo proyecto de petróleo o gas en entrar en operación ha aumentado de forma dramática. Mientras entre 1960 y 1980 el desarrollo de nuevos yacimientos tomaba en promedio unos 4,9 años, en 2025 ese plazo se ha extendido hasta cerca de 15 años.

La explicación es relativamente sencilla: los proyectos fáciles ya se desarrollaron.

Durante gran parte del siglo XX, la industria petrolera explotó yacimientos relativamente accesibles, con menores exigencias tecnológicas y operativas. Hoy, en cambio, buena parte de los nuevos recursos se encuentran en zonas mucho más complejas: aguas profundas, reservorios de alta presión o campos con composiciones químicas más agresivas.

Esto eleva tanto el costo como el tiempo de desarrollo.

Scott Zimmerman, gerente de proyectos de Global Energy Monitor y autor del informe, lo resume de manera directa: la complejidad de los yacimientos convencionales está aumentando porque los proyectos más sencillos ya fueron explotados. En consecuencia, los nuevos desarrollos implican mayores riesgos técnicos, financieros y regulatorios.

La propia Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha advertido que la producción de petróleo y gas ha enfrentado una caída acelerada en varios mercados, en parte por la creciente dependencia de recursos como el shale o los desarrollos offshore profundos. Mantener la producción global estable exige incorporar nuevos proyectos, pero estos requieren más capital, más tecnología y, sobre todo, más tiempo.

Hoy no es extraño que el desarrollo de un yacimiento se extienda por más de una década.

En muchos casos, además, los retrasos no responden solo a factores geológicos o tecnológicos. Las exigencias regulatorias y ambientales también juegan un papel creciente. Evaluaciones de impacto ambiental más estrictas, procesos de licenciamiento más complejos y estándares de seguridad más exigentes han alargado los cronogramas de inversión.

El caso del campo Rosebank, en el Mar del Norte, es ilustrativo. Descubierto en 2004, la decisión final de inversión no llegó sino hasta 2023, después de casi dos décadas de evaluaciones técnicas, regulatorias y ambientales.

En Rusia, algunos proyectos han enfrentado plazos aún más largos. El campo de petróleo y gas de Chayandinskoye tardó más de 30 años entre su descubrimiento y su entrada en operación. Y hacia adelante, el desafío podría ser mayor: Moscú estima que para 2030 cerca del 80% de su producción provendrá de reservas difíciles de recuperar, lo que implica mayores requerimientos tecnológicos y financieros, agravados además por las sanciones que han limitado el acceso a tecnología occidental.

En otras palabras, el mundo necesita más energía… pero producirla se está volviendo cada vez más lento y costoso.

Y allí aparece una dimensión estratégica que a menudo se subestima cuando se analiza el caso venezolano.

En un contexto donde desarrollar nuevos proyectos puede tomar entre 10 y 15 años, o incluso más, la existencia de reservas ya descubiertas, con infraestructura parcialmente instalada y experiencia operativa acumulada, adquiere un valor geopolítico mucho mayor.

Venezuela posee precisamente esa combinación.

*Lea también: ¿Estabilidad cambiaria en Venezuela?, por Asdrúbal Oliveros

El país cuenta con algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo, con amplias áreas aún subdesarrolladas, particularmente en la Faja del Orinoco y en campos de gas costa afuera. Además, buena parte de estos recursos ya han sido identificados y parcialmente evaluados, lo que reduce significativamente los tiempos de exploración frente a nuevos descubrimientos en otras regiones del planeta.

Para Estados Unidos, que en los últimos años ha buscado diversificar su seguridad energética frente a la volatilidad geopolítica global, este factor no es menor.

La lógica energética suele ser más pragmática que ideológica.

Si el desarrollo de nuevos yacimientos en otras regiones puede tomar más de una década y requerir inversiones extraordinarias en infraestructura, la reactivación de capacidades productivas en países con reservas probadas y cercanía geográfica se convierte en una alternativa mucho más atractiva desde el punto de vista estratégico.

Venezuela podría encajar perfectamente en esa ecuación.

No se trata solo de petróleo. El potencial gasífero del país, particularmente en proyectos costa afuera, podría jugar un papel relevante en un mercado global donde el gas natural está adquiriendo cada vez mayor importancia como combustible de transición en la descarbonización energética.

No se trata solo de petróleo. El potencial gasífero del país, particularmente en proyectos costa afuera, podría jugar un papel relevante en un mercado global donde el gas natural está adquiriendo cada vez mayor importancia como combustible de transición en la descarbonización energética.

Por supuesto, convertir esa oportunidad en realidad exige resolver desafíos conocidos: reglas de juego claras, marcos regulatorios competitivos, capacidad de inversión y reconstrucción institucional en el sector energético.

Pero el contexto internacional está cambiando.

En un mundo donde los nuevos proyectos energéticos tardan cada vez más en materializarse, los países que ya tienen reservas probadas y capacidad de reactivación rápida adquieren una ventaja estratégica considerable.

La pregunta, en el caso venezolano, no es si existe el potencial.

La verdadera pregunta es si el país sabrá aprovechar esta ventana.

*Asdrúbal Oliveros es economista y consultor estratégico con amplia trayectoria en análisis macroeconómico, asesoría a organismos multilaterales y actividad académica. Suscríbete a su Substack.

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