Educación polÃtica ¿una necesidad social?, por Enrique Ramón DÃaz
Educación polÃtica ¿una necesidad social?, por Enrique Ramón DÃaz
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A quienes denigran, apuestan o son indiferentes a la polÃtica:
Desde la antigüedad griega Platón, en el diálogo «Protágora», devela que la «polÃtica» (con minúscula) fue un regalo de los dioses; suponiendo que, al inicio de nuestra era, la lucha encarnizada —entre los mismos humanos— amenazaba con destruir nuestra especie; luego, su propósito originario es la resolución de conflictos sociales, pero, trayendo consigo: comprensión, amistad, justicia, respeto, entre pareceres contrarios. Y, por ende, el maltrato —al otro— jamás.
De este modo, la polÃtica social constituye el espÃritu resolutivo del Estado: la más importante de las asociaciones en un paÃs e inspirado, a su vez, en la asociación madre de todas las demás —la familia— donde los miembros tienen necesidades —de diversas Ãndoles— que deben ser satisfechas.
De este modo, la polÃtica social constituye el espÃritu resolutivo del Estado: la más importante de las asociaciones en un paÃs e inspirado, a su vez, en la asociación madre de todas las demás —la familia— donde los miembros tienen necesidades —de diversas Ãndoles— que deben ser satisfechas.
Y, aun asÃ, comen en la misma mesa y se calientan en el mismo hogar; siendo aquellos que desconocen este principio (tiranos, dictadores, etc.) quienes «respiran aire de guerra» (Aristóteles, dixit).
Con atención a ello, Platón proponÃa un estado ideal basado en la sofocracia: el gobierno de los sabios o de los mejores en una sociedad; pero, con la universalidad de la democracia (gobierno del pueblo), sistema del cual desconfiaba, advierte que los electores al ser fácilmente influenciables entonces restarÃan importancia a las calificaciones que son necesarias para gobernar; pudiendo elegirse de este modo a «los peores hombres»: oportunistas, corrompidos y de palabras vacÃas.
En este sentido, el ciudadano no debe desentenderse de la polÃtica; pues, si bien la polÃtica no serÃa lo más importante, es innegable su determinación en los avances y retrocesos culturales, o sea, en las opciones —que elegimos— y sus decisiones respectivas se juega el presente y futuro de toda comunidad.
El no desentenderse también implica comprender, como señala el maestro Rómulo Gallegos, que «La obra fundamental del Estado es la educación. (Que) gobernar es educar», y, por ello, se ha de optar por quien encarna un alto propósito cultural y no por la simple elocuencia o locuacidad sino por la coherencia de quien sabe y se ha preparado para gobernar, legislar, servir a los demás.
*Lea también: Sin lucha no hay éxito, por Fredy Rincón Noriega
De este modo se exige a las organizaciones polÃticas que representen a los pueblos con sus mejores capacidades. Pero, reconociendo que sobre ellas pesa una alta desconfianza de la ciudadanÃa, particularmente en la Venezuela de la revolución «chavo-militarista», sÃ, la de los abusos extremos.
Y ante la necesidad de otra cultura de paÃs, se debe analizar las razones del deterioro social de los partidos polÃticos; principalmente la falta de principios éticos y, entre ellos, unos de los más dañinos, quizás: el lenguaje engañoso y la mentira deliberada del populismo.
Y ante la necesidad de otra cultura de paÃs, se debe analizar las razones del deterioro social de los partidos polÃticos; principalmente la falta de principios éticos y, entre ellos, unos de los más dañinos, quizás: el lenguaje engañoso y la mentira deliberada del populismo.
Y, de igual modo, frente a la amenaza permanente de los populistas que se aprovechan de la incultura polÃtica, constituyendo ello un fraude a la sociedad, ¿deberÃa el Estado —desde la escuela— educar a la ciudadanÃa sobre el sentido social de la polÃtica? ¿Sobre lo que distingue la polÃtica inspirada en la familia de otros intereses particulares? Y, bajo esta panorámica, ¿se justifica una nación polÃticamente educada?… Lo ampliaremos en el próximo artÃculo.
Enrique R. DÃaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, PedagogÃa y PolÃticaâ€.
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