menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

¿Estabilidad cambiaria en Venezuela?, por Asdrúbal Oliveros

13 0
22.02.2026

¿Estabilidad cambiaria en Venezuela?, por Asdrúbal Oliveros

La estabilización del mercado cambiario venezolano no depende de un solo factor ni de decisiones puntuales. Es el resultado de cuatro frentes que deben moverse de forma coordinada: la oferta de divisas, el fortalecimiento de las reservas internacionales, el diseño del régimen de subastas y la disciplina fiscal. Cuando alguno falla, el equilibrio se vuelve transitorio; cuando varios fallan a la vez, la inestabilidad regresa.

Hoy, a diferencia de otros momentos del ciclo reciente, hay condiciones objetivas para una mejora en el frente de oferta. El aumento esperado de la producción petrolera y el relajamiento del esquema de sanciones apuntan a un incremento relevante de divisas disponibles para el sector privado.

Hoy, a diferencia de otros momentos del ciclo reciente, hay condiciones objetivas para una mejora en el frente de oferta. El aumento esperado de la producción petrolera y el relajamiento del esquema de sanciones apuntan a un incremento relevante de divisas disponibles para el sector privado.

En términos operativos, esto podría traducirse en una oferta mensual en el orden de US$ 400–500 millones canalizados hacia el mercado cambiario local, lo que implicaría un aumento cercano a 35 % respecto a lo ofertado en 2025 (incluyendo criptoactivos). Esa magnitud no elimina tensiones estructurales, pero sí cambia el punto de partida respecto a los años de mayor escasez.

Ahora bien, la oferta por sí sola no estabiliza un mercado si no se acompaña de un balance externo más sólido. El nivel de reservas internacionales sigue siendo el gran ancla de credibilidad del sistema cambiario. En el caso venezolano, esto pasa por dos elementos: recuperar el flujo de divisas hacia el banco central con reglas claras y transparencia, y normalizar el acceso a activos externos hoy no disponibles.

Allí entran dos piezas potencialmente determinantes: la posibilidad de disponer de los Derechos Especiales de Giro (DEG) asignados a Venezuela en el FMI (que podrían transformarse en divisas líquidas e incorporarse a las reservas) y la recuperación del control efectivo sobre activos como el oro depositado en el exterior (Banco de Inglaterra). En un contexto de reservas extremadamente bajas, cualquiera de estos factores tendría un efecto directo sobre la capacidad de intervención y respaldo del BCV.

El tercer pilar es institucional y, sin embargo, tiene efectos inmediatos en la dinámica del mercado: el régimen de subastas. La experiencia venezolana muestra que la opacidad, la discrecionalidad y la segmentación del acceso terminan alimentando la brecha cambiaria. Un esquema creíble requiere tres condiciones básicas: amplitud de participantes, reglas transparentes y consistencia entre el tipo de cambio resultante y la tasa oficial publicada.

Si la tasa del BCV refleja efectivamente el precio de equilibrio que surge de las subastas, la brecha tiende a reducirse; si no, reaparecen los incentivos al arbitraje y se potencia las operaciones cambiarias fuera del sistema.

Si la tasa del BCV refleja efectivamente el precio de equilibrio que surge de las subastas, la brecha tiende a reducirse; si no, reaparecen los incentivos al arbitraje y se potencia las operaciones cambiarias fuera del sistema.

Pero el frente determinante, y el más complejo en la coyuntura actual, sigue siendo el fiscal. Ningún esquema cambiario es sostenible si el déficit público se financia de forma monetaria o cuasimonetaria. En Venezuela, la historia reciente es clara: los episodios de mayor estabilidad coincidieron con períodos de caída del gasto real y menor financiamiento monetario. Por el contrario, cada expansión fiscal sin financiamiento genuino terminó trasladándose al tipo de cambio. El problema es que el ajuste fiscal es políticamente costoso y socialmente sensible, por lo que tiende a postergarse. Tema clave en la Venezuela actual dada la dinámica política que vivimos. Esa es, hoy, la principal restricción estructural para una estabilización duradera.

*Lea también: Los riesgos de no lograr un acuerdo de gobernabilidad, por Marino J. González R.

Qué significa esto para las empresas que operan en Venezuela

Este contexto, mejor oferta de divisas potencial, pero fragilidad fiscal persistente, obliga a las empresas a moverse en una lógica de estabilidad incompleta: menos escasez cambiaria que en el pasado reciente, pero sin garantías de equilibrio permanente. En ese entorno, hay varias implicaciones estratégicas claras.

Primero, la gestión cambiaria vuelve a ser un tema de eficiencia operativa, no solo de cobertura. Con mayor disponibilidad relativa de divisas, la optimización del acceso formal y la planificación de flujos en moneda extranjera pueden reducir costos financieros y de reposición.

Segundo, la formación de precios debe seguir anclada en costos dolarizados y reposición, pero el aumento de la oferta formal de divisas tenderá a reducir la dispersión de costos entre competidores. Esto implica una transición desde esquemas de pricing defensivo, diseñados para cubrir volatilidad extrema, hacia estrategias más centradas en eficiencia, rotación y posicionamiento. A medida que la brecha se reduzca, la competencia por precio será más visible y directa.

Tercero, el entorno de mayor disponibilidad de divisas facilitará la importación y reposición de inventarios, lo que probablemente intensifique la rivalidad en sectores transables. Empresas que operaron con protección implícita por escasez cambiaria enfrentarán nuevos oferentes o reposicionamiento de marcas. En este contexto, la ventaja competitiva vuelve a depender de productividad, logística, marca y gestión comercial, más que de acceso privilegiado a divisas.

Cuarto, la gestión de liquidez en divisas gana relevancia estratégica. En mercados parcialmente estabilizados, la ventaja competitiva suele estar en la capacidad de sostener inventarios y ciclos de importación cuando otros enfrentan restricciones. Aunque la oferta aumente, la fragilidad fiscal implica que la estabilidad no es irreversible.

En síntesis, Venezuela puede entrar en una fase de mayor disponibilidad de divisas y menor presión cambiaria relativa, pero sin corrección fiscal sostenida, la estabilidad será necesariamente frágil. Para las empresas, esto no significa esperar un equilibrio definitivo, sino aprender a operar en un entorno que mejora, pero no se normaliza. Y en esa transición, la estrategia cambiaria y competitiva deja de ser defensiva para convertirse nuevamente en un factor central de posicionamiento.

En el fondo, la discusión cambiaria en Venezuela nunca ha sido solo monetaria. Es, sobre todo, una conversación sobre confianza: en las reglas, en las instituciones y en la sostenibilidad de las decisiones de políticas públicas. El país puede tener más divisas, incluso más reservas, pero la estabilidad solo se vuelve creíble cuando los actores económicos sienten que no están operando contra el reloj.

En el fondo, la discusión cambiaria en Venezuela nunca ha sido solo monetaria. Es, sobre todo, una conversación sobre confianza: en las reglas, en las instituciones y en la sostenibilidad de las decisiones de políticas públicas. El país puede tener más divisas, incluso más reservas, pero la estabilidad solo se vuelve creíble cuando los actores económicos sienten que no están operando contra el reloj.

Para las empresas, esto implica algo más que gestionar dólares: supone volver a planificar con horizonte, competir en serio y asumir que, aun en un entorno que mejora, la disciplina financiera y estratégica seguirá siendo la diferencia entre crecer y simplemente resistir.

*Asdrúbal Oliveros es economista y consultor estratégico con amplia trayectoria en análisis macroeconómico, asesoría a organismos multilaterales y actividad académica. Suscríbete a su Substack.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

Compartir en Facebook


© Tal Cual