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Más difícil que el remate, por Luis Ernesto Aparicio M.

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02.04.2026

Más difícil que el remate, por Luis Ernesto Aparicio M.

Después de 27 años del arribo al poder del chavismo —pasando por el madurismo, si es que acaso puede distinguirse como etapa propia, y ahora por una especie de hermandad que pareciera apuntar hacia una fase transitoria tutelada— cabría esperar que la sociedad venezolana hubiese asimilado una lección fundamental: no dejarse arrastrar por la simpleza discursiva ni por las soluciones fáciles frente a problemas profundamente estructurales.

La devastación del país no ha sido solo material. También ha sido moral, institucional y política. Y frente a esa complejidad, lo mínimo que debería exigirse es una respuesta igualmente compleja, no una narrativa simplificada que promete llegar a un final o «remates» políticos.

Porque el lenguaje no es inocente. En política, hablar de «rematar» al adversario no es una metáfora menor. Es la expresión de una cultura política que sigue entendiendo el conflicto como eliminación, no como transformación. Y es allí donde vale la pena recordar una idea clásica del pensamiento estratégico.

Sun Tzu, en El arte de la guerra, planteaba que la mayor victoria no consiste en destruir al enemigo, sino en someterlo sin necesidad de combatirlo. No se trata de aniquilar, sino de entender, contener y, en última instancia, integrar, lo que va siendo la constante en cierto liderazgo venezolano.

La política democrática, en su mejor versión, se parece mucho más a esa lógica que a la del enfrentamiento total. Se trata de integrar sin guardarse alguna «factura», coger de la mano al otro y no evadir hacerlo porque ese otro tiene un pasado equis. De eso se trata.

La política democrática, en su mejor versión, se parece mucho más a esa lógica que a la del enfrentamiento total. Se trata de integrar sin guardarse alguna «factura», coger de la mano al otro y no evadir hacerlo porque ese otro tiene un pasado equis. De eso se trata.

Sin embargo, en algunos, parece persistir una pulsión distinta. Una inclinación a buscar figuras que encarnen el castigo, el ajuste de cuentas, la revancha histórica. Como si la política fuese el espacio para saldar deudas acumuladas entre generaciones, y no para construir un futuro común.

Ese impulso ha terminado moldeando no solo el discurso de quienes aspiran al poder, sino también las preferencias de una parte importante de la sociedad, que muchas veces se inclina no por la mejor propuesta, sino por quien mejor represente su indignación. Pero un país no se reconstruye desde la rabia, el insulto y el menosprecio del contrario.

Esto no implica, en absoluto, desconocer la gravedad de lo ocurrido: violaciones a derechos fundamentales, persecución política, restricciones a las libertades más básicas. Nada de eso puede ni debe ser borrado. Por lo que la justicia es indispensable, llegado el momento.

Lo que sí resulta necesario es evitar que la política quede atrapada únicamente en el terreno emocional del castigo, porque desde allí no se diseñan soluciones sostenibles. Desde el castigo sólo se obtienen resultados como los que se obtuvieron en 1998, cuando la mayoría en Venezuela se decantó por Hugo Chávez y con ello reforzaba la idea del gendarme necesario que castigara o aniquilara al otro. De ese experimento, ya sabemos el resultado.

*Lea también: ¿Ahora en la guerra de opinión?, por Ezequiel Querales V.

Con urgencia, los venezolanos necesitamos salir de la fascinación por el insulto, por la consigna fácil, por el discurso que satisface momentáneamente la indignación individual pero que no resuelve los problemas colectivos.

Porque al final, el verdadero desafío no es encontrar quién grita más fuerte o quién promete un desenlace más contundente. Se trata de construir una propuesta capaz de enfrentar la complejidad del país real, que contribuya a su recuperación y con ello a la de todos los venezolanos.

Por lo tanto, esto exige algo mucho más difícil que el «remate»: exige pensamiento, responsabilidad y una madurez política que Venezuela ha postergado por demasiado tiempo.

Por lo tanto, esto exige algo mucho más difícil que el «remate»: exige pensamiento, responsabilidad y una madurez política que Venezuela ha postergado por demasiado tiempo.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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