VÃa crucis hasta el piso 10, por Gustavo J. Villasmil-Prieto
VÃa crucis hasta el piso 10, por Gustavo J. Villasmil-Prieto
Reconozco que la situación ha mejorado un poco desde que repararon los ascensores. Aunque ahora el ascenso es más rápido, cada dÃa vamos al encuentro de lo mismo: el Cristo reflejado en el rostro del venezolano enfermo.
En Miércoles Santo, Caracas se rinde ante el Nazareno de San Pablo —venerada talla sevillana del siglo XVII cargada en hombros por la grey devota— de la que se dice que cada año se inclina más bajo el peso de los pecados del mundo. ¿Por dónde camina hoy ese mismo Cristo? ¿En qué rincón de esta geografÃa herida hallamos al «Hombre» al que se referÃa Pilatos? La respuesta no habita en templos de incienso y mármol, sino en el aire denso de nuestros hospitales.
No he de ir muy lejos para encontrar al Ungido. Me basta recorrer este Gólgota de concreto y diez pisos donde decidà ejercer mi vocación. No busco una talla de cedro; el Cristo venezolano tiene la piel cetrina de nefrópata, el hambre vieja del tuberculoso y la mirada de abandono de quien sabe que morirá solo. Su único vÃnculo con el mundo es un teléfono barato, esperando la conexión que le traiga, por última vez, el consuelo de la voz y la imagen del hijo que se marchó lejos.
«Ecce Homo», exclamó el prefecto romano ante Nuestro Señor; «Ecce Homo», exclamo yo hoy ante el enfermo que debo ver en el piso 10. AllÃ, entre sábanas raÃdas que huelen a orÃn y olvido, está «El Hombre», manifestando en su divinidad sufriente el drama de un ciudadano que es, a la vez, el de toda una nación. Porque la Pasión de hace dos milenios se verifica a diario en la revista médica de las siete de la mañana.
El látigo romano ha sido sustituido por la engañifa discursiva de la «Venezuela potencia». Cada vez que las voces normalizadoras proclaman que «Venezuela se arregló», el vergajazo cae sobre la espalda de estos pobres, tan pesado como las treinta y nueve correas del flagrum.
Es la flagelación de la mentira «cheverista» de las redes sociales, mientras familias enteras hacen una «vaca» para pagar la biopsia necesaria para alcanzar, por fin, un diagnóstico en caso del padre, hijo o hermano.
Es la flagelación de la mentira «cheverista» de las redes sociales, mientras familias enteras hacen una «vaca» para pagar la biopsia necesaria para alcanzar, por fin, un diagnóstico en caso del padre, hijo o hermano.
Bofetada cotidiana a la dignidad que ofende como un salivazo. No es otra cosa la complacencia de quienes celebran «nuevas etapas» y «oportunidades» para seguir dándole palos a la gran piñata venezolana. ¿Qué «nueva etapa» es esa que condena al ciudadano al salario mÃnimo más bajo del planeta, a depender de una bolsa de harina o a mendigar caridad para obtener un insumo médico?
Es la Venezuela que convoca a ruedas de negocios en Houston y levanta bodegones de cristal sobre cimientos de quirófanos clausurados; la del triunfo de Barrabás frente a la tragedia de un pueblo que no eligió la miseria, sino que votó contra ella.
La corona de espinas actual está tejida con cables sueltos de equipos de rayos X que no funcionan; el Calvario, los ascensores trabados que obligan a subir enfermos a pulso y la cruz la total indiferencia del poder —del de hoy y del de siempre— ante la angustia nacional.
¡Siete millones de los nuestros peregrinan por el mundo con su madero a cuestas, quemando la vida a diario para enviar las remesas que caen como gotas de sangre sobre familias fragmentadas que intentan sostener al abuelo mentalmente deteriorado o al hijo con leucemia! ¡He allà la cruz del Cristo venezolano!
¿Habrá en el Departamento de Estado algún Cireneo que ayude a soportarla? ¿Algún valiente marine a bordo del USS Gerald Ford se conmujerá cuando estos cristos exclamen «I thirst!»? ¿O quizás algún polÃtico de la fauna que merodea Capitol Hill?
Más que el lanzazo de Longino, duele el contubernio que celebra «diálogos constructivos» y leyes unánimes mientras ignora que el 15% de nuestra infancia padece desnutrición. El dinero que fluye en lavadoras financieras es el que falta en las cunas de nuestras maternidades, donde las madres dan a luz en condiciones que harÃan llorar al pesebre de Belén.
Más que el lanzazo de Longino, duele el contubernio que celebra «diálogos constructivos» y leyes unánimes mientras ignora que el 15% de nuestra infancia padece desnutrición. El dinero que fluye en lavadoras financieras es el que falta en las cunas de nuestras maternidades, donde las madres dan a luz en condiciones que harÃan llorar al pesebre de Belén.
Allà está «El Hombre»: en el joven que hoy vendió su única herramienta de trabajo para comprar un kit de laparoscopia que el Estado debió garantizar, y en la hija que pasa la noche en vela espantando moscas del pie gangrenado de su padre en una sala sin aire, rezando un rosario de angustias hasta que el sol traiga, quizás, una noticia esperanzadora.
En el hospital público el drama es absoluto, soberanamente privado y, sobre todo, absolutamente venezolano. A diferencia de las procesiones multitudinarias, en nuestras salas impera la soledad. Nadie del poder vendrá a secar el sudor de estos condenados. Ni del poder aquÃ, ni del de allá. La República ha dimitido de su función sanadora, dejando al ciudadano en un estado de naturaleza donde solo sobrevive quien tiene un pariente en el exterior o algún milagro pendiente.
De la tragedia del enfermo venezolano nadie habla en la Oficina Oval. No hay Verónica en Washington que limpie este rostro, ni Cireneo en Caracas que cargue el madero de una sanidad desportillada. El personal de salud, también coronado de espinas por sueldos de hambre, intenta hacer milagros con las manos vacÃas, como último testigo de una dignidad que el sistema pisotea.
Estas salas, bajo luces fluorescentes que parpadean, evocan el Salmo 21: «ElÃ, ElÃ, lama sabactani» («Dios mÃo, Dios mÃo, ¿por qué los has abandonado?»). La pregunta rebota en paredes desconchadas sin obtener respuesta en los salones del poder.
*Lea también: No sin justicia, por Gustavo J. Villasmil Prieto
No. El Cristo que yo busco no está en las nubes ni en las proclamas del State of the Union, sino aquÃ, con los pulmones agotados y el corazón rendido. Aquà está la Venezuela de piel escaldada tras dos décadas de sombras; la que no sabe dónde queda Oslo y llora en silencio implorando redención. No necesito ir más lejos para encontrar la trascendencia.
Llaman del piso 10. Este hospital es un VÃa crucis y cada enfermo, una estación. Mientras el paÃs «de arriba» celebra, el paÃs «de abajo» —el verdadero, el del Nazareno— sigue cargando su cruz con una entereza que estremece. SÃ, aquà está «El Hombre». Y aquÃ, junto a Él, compartiendo esa misma cruz, me quedo. No quiero otro destino.
Llaman del piso 10. Este hospital es un VÃa crucis y cada enfermo, una estación. Mientras el paÃs «de arriba» celebra, el paÃs «de abajo» —el verdadero, el del Nazareno— sigue cargando su cruz con una entereza que estremece. SÃ, aquà está «El Hombre». Y aquÃ, junto a Él, compartiendo esa misma cruz, me quedo. No quiero otro destino.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artÃculo
Compartir en Facebook
