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Tres febreros, por Gustavo J. Villasmil Prieto

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21.02.2026

Tres febreros, por Gustavo J. Villasmil Prieto

A la memoria de mi condiscípulo y colega, el doctor Agustín Mallén Parra, testigo presencial de aquellos tres febreros tras los que nunca más volvimos a ser los mismos.

Febrero de 1983, día 18. En la calle, la gente corría afanada comprando chocolates y ositos de peluche; muy por el contrario, para nosotros en el Vargas la jornada era de puro susto: era día de examen de Anatomía.

En la sala de disección, uno a uno, los estudiantes se inclinaban sobre el cadáver de un desconocido para desentrañar ante el jurado los secretos de sus arterias, vísceras y nervios. Mientras tanto, en las taquillas de los bancos, comenzaban los tumultos de quienes exigían retirar sus haberes.

—»¡Pana!» —exclamó Agustín a los que hacíamos cola esperando el examen, mientras blandía enrollada la edición del día de Últimas Noticias—, «¡aquí está pasando una vaina grave!».

Razón tenía: ese día morían la ilusión del «petróleo infinito» y la de una moneda dura cuyo poder de compra nos hizo sentir dueños del mundo. Fue el día en que descubrimos, con el rigor de un corte de bisturí, que nuestra opulencia no había sido sino tejido adiposo sostenido por una renta volátil. Era el fin de nuestra inocencia económica, del «¡’tá barato, dame dos!».

Razón tenía: ese día morían la ilusión del «petróleo infinito» y la de una moneda dura cuyo poder de compra nos hizo sentir dueños del mundo. Fue el día en que descubrimos, con el rigor de un corte de bisturí, que nuestra opulencia no había sido sino tejido adiposo sostenido por una renta volátil. Era el fin de nuestra inocencia económica, del «¡’tá barato, dame dos!».

¡Muchachos inocentes! Nunca presentimos que aquella mañana contemplábamos, al mismo tiempo, dos cadáveres: el del pobre infeliz cuyo cuerpo nadie reclamó y nos servía de modelo, y el de la que, hasta ese día, fue una de las monedas más fuertes del mundo.

Febrero de 1989, día 27. Habíamos recibido la guardia en la Emergencia del Hospital Vargas como siempre. Pero algo hacía que el aire de Caracas se sintiera pesado. Agustín, ahora residente de Cirugía, se asomó a la calle:

—»¡Pana! ¿Qué estará pasando? Acabo de ver a un tipo corriendo con dos cajas de «conflei» en cada brazo y hay un gentío vuelto loco por la esquina de Pirineos».

En pocas horas lo sabríamos: aquella crisis económica que estallara seis años antes no había sido sino el preámbulo de una descomposición mucho más profunda que hizo explosión aquella mañana.

Si el 83 había matado al bolívar «duro», el «Caracazo» aniquiló el mito de nuestra pretendida armonía social; esa que dábamos por sentada con el 5 y 6 de los domingos, el Miss Venezuela de cada año y las latas de cerveza compartidas a la salida de los Caracas-Magallanes.

Si el 83 había matado al bolívar «duro», el «Caracazo» aniquiló el mito de nuestra pretendida armonía social; esa que dábamos por sentada con el 5 y 6 de los domingos, el Miss Venezuela de cada año y las latas de cerveza compartidas a la salida de los Caracas-Magallanes.

Aquel día apareció ante nosotros otro cadáver, muy distinto al del examen de Anatomía: el de la sociedad integrada que jurábamos ser. Bajo el humo de los saqueos y el estrépito de la represión, se desataron odios contenidos por años que nadie se había atrevido a diagnosticar. La «paz ciudadana» resultó ser un barniz mal aplicado sobre grietas de exclusión y resentimiento que la retórica democrática no supo sanar. El vecino se hizo extraño y el Estado, incapaz de convencer, optó por vencer a través del plomo.

Febrero de 1992, día cuatro. Agustín y yo, residentes de tercer año —él de Cirugía, yo de Medicina Interna—, hacíamos la ronda por las salas a medianoche. Caminábamos con ese temor ligero de toparnos con alguno de los muchos espectros que, según se dice, vagan de madrugada por el viejo hospital.

—»Compa, ¿qué fiesta patronal habrá por ahí? Oigo un ruido como de cohetones».

De inmediato, Agustín abrió los ojos, alarmado: —»¡Pana, aquí está pasando algo grave! ¡Vámonos para la Emergencia, corriendo!».

Aquel estruendo no era otro que el de los tanques atacando Miraflores; bombazos que anunciaban el desplome definitivo del tinglado institucional de lo que, hasta entonces, había sido el ejemplo para una Iberoamérica plagada de dictadores.

El golpe de Estado liderado por Hugo Chávez no fue solo un alzamiento militar: fue el acta de defunción de la «democracia sólida» que presumíamos ser ante el continente

El golpe de Estado liderado por Hugo Chávez no fue solo un alzamiento militar: fue el acta de defunción de la «democracia sólida» que presumíamos ser ante el continente

Uno a uno cedieron los pilares de un sistema que se había vuelto sordo a los latidos de la gente; un sistema que no aguantó «dos pedidas» para ceder ante el empuje de un caudillo militar que prometía redención sobre las cenizas de la democracia representativa. Tres febreros —el económico, el social y el político— que nos habrían de marcar para siempre, obligándonos a pensar el país ya no desde la abundancia y la certidumbre, sino desde la precariedad y la duda perenne.

—»¡Déjate de vainas, chico, reconócelo de una buena vez!» —me dicen—. «¡El catire gordo es el que va a resolver esto!».

Y, de inmediato, cada quien pasa a exponer su propio pliego de expectativas, cuyo amplio abanico incluye la desaparición de la odiosa brecha cambiaria, la emisión de visados «express» para los que añoran ir «pa’ Mayami», la apertura de sucursales de los bancos más importantes de Estados Unidos en Caracas, el regreso de sus aerolíneas o el fluir por la calle de un nuevo torrente de petrodólares que empuje, masivamente, el néctar del consumo. Poco se habla hoy de aquellos tres febreros que mi memoria evoca con angustia venezolana

Tres febreros para la historia. Tres sombras que regresan reclamándonos una reflexión imperiosa de cara a este enero de hace apenas un mes; un mes tras el cual se multiplican como hongos quienes aspiran volver a aquellos mismos tiempos de estolidez social y política que hace treinta años labraron nuestro camino hacia lo que hoy somos. Polvos devenidos en los lodos que terminaron ahogándonos en la peor tragedia de nuestra historia: ¿quién quiere recordarlos siendo que llegaron los americanos?

*Lea también: El tercer chavismo, por Fernando Mires 

Hoy vemos surgir por doquier cálculos económicos y agendas, pero muy pocas reflexiones de fondo, como si a nadie le remordiera necesidad alguna de comprender cómo fue que los venezolanos llegamos a esto: un territorio sin Estado eficaz y tutelado por extranjeros, una «patria» reducida a las dimensiones de aquellas banderitas tricolores que en la escuela recortábamos en papel lustrillo, un envidiable campo petrolero lamentablemente lleno de gente con hambre y enferma. Todo lo demás no es sino utilería

La última vez que hablé de estas mismas cosas con Agustín fue en un aeropuerto del interior. Yo iba, él venia y a ambos nos pilló una arbitraria y jamás explicada suspensión de vuelos. «¿Pa’ donde crees tú irá ahora esto?», nos preguntamos. Aquella vez no nos respondimos y ya después nunca más volvimos a vernos.

Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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