El diamante de las diásporas: Italia y Venezuela, por Alejandro Oropeza G.
El diamante de las diásporas: Italia y Venezuela, por Alejandro Oropeza G.
«La identidad no es un lugar fijo, es una historia que se construye con lo que heredamos y lo que vivimos.»
Francisco Cervelli Director técnico del equipo de béisbol italiano, 2026.
En uno de los momentos más elocuentes del reciente Clásico Mundial de Béisbol USA-2026, Italia y Venezuela se enfrentaron en semifinales en un partido que trascendÃa lo estrictamente deportivo.
No se trataba únicamente de un duelo por el pase a la final, sino de la convergencia simbólica de dos historias migratorias que, lejos de oponerse, se entrelazaron sobre un mismo campo de juego: la extensa tradición migratoria de Italia; el bisoño e impactante proceso migratorio venezolano.
No se trataba únicamente de un duelo por el pase a la final, sino de la convergencia simbólica de dos historias migratorias que, lejos de oponerse, se entrelazaron sobre un mismo campo de juego: la extensa tradición migratoria de Italia; el bisoño e impactante proceso migratorio venezolano.
Los datos son reveladores: la selección italiana fue dirigida por el Ãtalo-venezolano Francisco Cervelli, nacido en Valencia e hijo de inmigrante italiano. También varios de los jugadores de la escuadra azzurra eran descendientes de la maravillosa diáspora italiana, que hizo vida y que con trabajo y pasión ayudó a construir nuestro paÃs.
Este cruce de identidades no es algo extraño: es, en realidad, una fotografÃa precisa y actual del mundo contemporáneo. Italia, históricamente paÃs de emigrantes, ha edificado a lo largo de generaciones una red global de descendientes que hoy constituye un extraordinario y pujante activo estratégico incuestionable.
La «italianidad» no se limita a la geografÃa peninsular, por el contrario se proyecta en millones de ciudadanos por ascendencia que, como en el béisbol, retornan efectiva y simbólicamente para representar al paÃs y serlo, conformarlo.
Este fenómeno no solo revitaliza y dinamiza culturalmente a Italia, sino que contribuye —de manera indirecta pero significativa— a gestionar la crisis demográfica interna mediante vÃnculos con la diáspora global italiana, extendida por todo el mundo.
Esta diáspora se encuentra presente de manera significativa en América Latina. No es baladà que el 62% de la población de Argentina desciende de italianos, el 16% en el caso de la venezolana, el 15% de la brasileña, emergiendo entonces un maravilloso universo histórico fuera de la Italia de origen.
Nosotros, en Venezuela hemos vivido y vivimos un proceso inverso pero complementario. La masiva diáspora venezolana de las últimas décadas ha regado talento humano por todo el mundo, generando nuevas formas de integración, intercambio y afirmación, asà como de reconstrucción de identidad.
Lo que antes fue una nación receptora —de italianos, españoles, alemanes y portugueses, por ejemplo, que llegaron a Venezuela en los siglos XIX y XX— hoy se transforma en un paÃs emisor de migrantes y talentos que deja huella diversa en múltiples sociedades, ciudades y paÃses.
Pero, en el caso de la nación azzurra, también se registra un hecho altamente relevante: la maravillosa circunstancia del «ritorno«. SÃ, muchos migrados italianos regresan, y muchos descendientes de estos voltean la mirada a la madre Italia y buscan y reciben cobijo allá, con esperanza y alegrÃa.
El caso del equipo italiano en el Clásico Mundial es paradigmático: evidencia cómo esa diáspora venezolana no solo se inserta, sino que también contribuye activamente al desarrollo de otros paÃses, incluso en ámbitos altamente simbólicos como el deporte internacional.
La presencia de técnicos y jugadores con raÃces venezolanas en la selección azzurra no debilita la identidad italiana; por el contrario, la redefine en clave global. Me disculpan la personalización, pero en ese maravilloso juego de pelota, tenÃa el corazón partido en dos, ya que, en efecto, soy un «ritornato» a Italia.
Mi bisabuelo era italiano, de Vibonati, en Salerno, y recién he obtenido la ciudadanÃa; aplaudÃ, grité y ligué por uno y otro equipo, lo que significa que no tenÃa posibilidades de perder. Esa semifinal Italia–Venezuela no fue simplemente un enfrentamiento, sino que fue una especie de espejo histórico.
Mi bisabuelo era italiano, de Vibonati, en Salerno, y recién he obtenido la ciudadanÃa; aplaudÃ, grité y ligué por uno y otro equipo, lo que significa que no tenÃa posibilidades de perder. Esa semifinal Italia–Venezuela no fue simplemente un enfrentamiento, sino que fue una especie de espejo histórico.
De un lado, la Italia que emigró y hoy recoge en el «ritorno» y en la vida productiva de sus hijos en todo el mundo, los frutos de su diáspora; del otro, la Venezuela que, en medio de su dispersión global, comienza a proyectar su influencia más allá de sus fronteras, y a recibir sus hijos también más allá de la casa grande.
Ambos procesos convergen en una lógica común: la movilidad humana como factor de creación y oportunidades para quien llega y para quien recibe, jamás de pérdida. Dos dimensiones: la tradición, y la emergencia de lo nuevo; dos actores: los veteranos, y los que estamos aprendiendo a nuevamente ser.
El béisbol, como lenguaje compartido, permitió visibilizar esta realidad con una claridad difÃcil de lograr en otros ámbitos. Sobre el diamante, las categorÃas tradicionales de nación, origen y pertenencia se volvieron más porosas, más dinámicas, más representativas de un mundo interconectado.
Las identidades se mostraron como lo que son: pieles porosas que dan y reciben permanentemente insumos para cada dÃa ser distintas, diversas, plurales. Es decir, asistimos a espacios de acción para construir dÃa a dÃa historia y hacer futuro.
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No es casual que este encuentro ocurriera en el marco de un torneo que ha crecido precisamente gracias a la globalización del deporte. El propio Clásico Mundial ha sido descrito como una plataforma clave para la internacionalización del béisbol, con una participación cada vez más diversa y transnacional.
AsÃ, lo que vimos en ese juego fue mucho más que una semifinal: fue la puesta en escena de una nueva cartografÃa humana. Una en la que las identidades no se anulan, sino que se superponen y complementan; en la que la migración no fragmenta, sino que conecta.
Italia y Venezuela, en ese campo, no eran adversarios absolutos. Eran, en cierto modo, capÃtulos distintos de una misma narración histórica: la de pueblos que migran, se integran y construyen sociedades, se transforman y, eventualmente, siempre vuelven a encontrarse.
Italia y Venezuela, en ese campo, no eran adversarios absolutos. Eran, en cierto modo, capÃtulos distintos de una misma narración histórica: la de pueblos que migran, se integran y construyen sociedades, se transforman y, eventualmente, siempre vuelven a encontrarse.
Alejandro Oropeza G.: Residenciado en L’Aquila, Abruzzo, Italia. Es CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana, doctor en Ciencia PolÃtica, analista polÃtico y escritor.
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