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Del “nadie me quiere”, al amplio anhelo de su ausencia

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05.06.2026

Existe una etapa particularmente delicada para cualquier figura política. No ocurre cuando aparecen los primeros críticos. Tampoco cuando surgen los adversarios más feroces. Ni siquiera cuando se acumulan derrotas, escándalos o cuestionamientos. Ocurre cuando una parte creciente de la sociedad deja de preguntarse cómo terminar esta etapa y empieza simplemente a imaginar cómo sería la vida pública sin ella.

Donald Trump parece acercarse peligrosamente a ese momento.

Durante años consiguió polarizar a Estados Unidos y buena parte del mundo entre quienes lo admiraban y quienes lo detestaban. Durante años convirtió el conflicto en combustible político, la confrontación en espectáculo y la polémica permanente en método de gobierno. Durante años logró que todo girara alrededor de su figura. Sus seguidores lo consideraban indispensable; sus adversarios lo veían como una amenaza. Pero unos y otros seguían hablando de él. Unos y otros seguían reaccionando a él. Unos y otros seguían girando alrededor de su órbita.

Sin embargo, existe una diferencia enorme entre ser amado, ser odiado y empezar a resultar agotador. El amor moviliza. El odio moviliza. El agotamiento desconecta. Y quizá ahí se encuentra uno de los cambios más significativos de esta etapa.

Porque ya no se trata únicamente de periodistas críticos. Ni de jueces incómodos. Ni de universidades resistentes. Ni de artistas inconformes. Ni de instituciones culturales tomando distancia. Ni de aliados internacionales recalculando posiciones. Ni de la OTAN cuestionando planteamientos. Ni de líderes conservadores europeos........

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