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Fiestas Patrias: México plural. ¡Que vivan las instituciones dignas de confianza!

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15.09.2026

Hay noches en las que un país se reconoce a sí mismo. La del 15 de septiembre es una de ellas. Las plazas, las banderas, los niños vestidos con los colores nacionales, la música que conocemos desde siempre; regresan los nombres de quienes iniciaron una lucha hace 216 años, suena la campana y millones de voces, dentro y fuera de México, vuelven a encontrarse en dos palabras: ¡Viva México!

Hay algo profundamente hermoso en ese instante. Pero las fiestas patrias también pueden servir para hacernos una pregunta menos habitual: ¿qué significa hoy darle patria a alguien? Para responderla quizá debamos recordar primero qué clase de patria construimos.

La patria es plural. Y me parece justo reconocer que Claudia Sheinbaum, como Presidenta de México, tuvo el acierto de expresarlo simbólicamente en su primer Grito de Independencia. Junto a Hidalgo, Morelos, Allende y Guerrero, nombró a Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Manuela Molina, “La Capitana”; añadió a las heroínas anónimas y a las mujeres indígenas. Era la primera mujer en encabezar la ceremonia y utilizó ese lugar para ensanchar nuestra memoria colectiva. No se trata de reescribir la historia para acomodarla al presente, sino de contarla con mayor equilibrio: las mujeres estuvieron ahí; también los pueblos indígenas, los mestizos, los afrodescendientes y los criollos. Algunos dejaron nombres que atravesaron dos siglos y miles permanecieron anónimos. Reconocerlos no fragmenta la historia de México: la completa.

Esa pluralidad está en nuestro origen. Mucho antes de que existiera México como nación, este territorio estaba habitado por pueblos originarios diversos, con sus propias lenguas, conocimientos, culturas y formas de organización. Después llegaron los españoles. La conquista alteró violentamente aquel universo y abrió otro proceso histórico: nacieron aquí generaciones de descendientes de españoles —los criollos—, se produjeron encuentros, imposiciones y mestizajes, crecieron poblaciones mestizas y la presencia africana y afrodescendiente pasó también a formar parte de aquello que, con el tiempo, sería México.

El Virreinato trató de ordenar esa diversidad mediante jerarquías y castas, pero contenía además una contradicción política que se volvería cada vez más difícil de sostener. La autoridad última pertenecía a un monarca que gobernaba desde otro continente, mientras generaciones de descendientes de españoles habían nacido ya en América. Los criollos podían ocupar posiciones relevantes en la economía, la Iglesia, el Ejército, los cabildos, las profesiones y la vida cultural, pero el nacimiento americano podía convertirse en una desventaja frente a los peninsulares para acceder a los principales espacios del gobierno imperial. Durante el siglo XVIII, especialmente con las reformas borbónicas, la Corona reforzó el control peninsular sobre los principales cargos del gobierno, profundizando entre los criollos la distancia entre pertenecer a esta tierra y poder gobernarla.

No fue, desde luego, la única causa de la Independencia. Ningún proceso de tal magnitud admite una explicación única: había profundas desigualdades, pobreza, explotación y agravios contra los pueblos indígenas; intereses económicos y comerciales; tensiones entre distintos sectores sociales; las ideas de la Ilustración y grandes transformaciones en el mundo atlántico. Pero tampoco debemos olvidar aquel germen político: ¿quién tenía derecho a gobernar la tierra en la que había nacido?

No es........

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