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Los poetas todavía se suicidan

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04.01.2026

Un impacto es el suicidio sobre los que quedan vivos. El de un poeta o un verdadero artista, nos produce una abrumadora desolación. Y también acaso una vergüenza ineludible: la de estar vivos todavía. A menos que se haya respondido convenientemente la pregunta esencial propuesta por Camus, ¿vale la vida o no la pena de vivirse?

Cuando a los 24 años ingirió Manuel Acuña el cianuro de potasio, produjo su muerte un estremecimiento brutal entre el círculo de las letras. Y la autoaniquilación no fue a causa de Rosario, como se dice y se cree, lo ha confirmado su amigo, el poeta Juan de Dios Peza: “Acuña fue víctima del hastío, de la nostalgia moral, de esa enfermedad sin nombre que marchita las flores del alma cuando apenas están en capullo”: aquí he escrito sobre la muerte de Acuña.

Y una valentía y un pesar, son algunos suicidios. Distinto al que se ejecuta por desesperación o enfermedad, la claridad del suicida que va aun contra la natural biológica propulsión de vida, adquiere el intenso tono brillante de la conciencia.

Jorge Cuesta se colgó de unas sábanas a los 38 años en un supuesto acto de locura y en segundo intento. Jaime Torres Bodet, de la misma generación literaria, se dio un tiro, en una muerte a plena conciencia. El caso de José Asunción Silva, sorprende.

El poeta poco conocido aún, Marco Fonz, acaba de colgarse entre el 22 y 23 de enero (en la intersección de la noche y la aurora, quizá), en Viña del........

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