¡La (pin) Che Araña (perdón, Cri-Cri) es la fuente secreta de la comentocracia!
Me siento como el chorrito de la canción del Grillito Cantor: haciéndome chiquito ante mi propia ignorancia. Frecuenté esa fuente —la que tanto ilumina a la mayoría de los y las columnistas— en la Alameda de Monterrey, en los años setenta del siglo pasado. Vivía yo a pocas cuadras del inolvidable monumento, pero jamás entendí sus claves ocultas.
Es claro que no poseo el don místico para recibir las señales de humo sagrado de la 4T que sí percibe, por ejemplo, Raymundo Riva Palacio, sumo sacerdote del periodismo de revelaciones que resultan importantes solo como curiosidad: carecen de sentido, pero aun así, sus editores las publican con la esperanza, siempre vana, de que alguna persona ingenua les crea.
Mientras yo veía en la Alameda regiomontana estatuas infantiles en la Fuente de Cri-Cri, ya estaba construyendo su leyenda don Raymundo —recordman de las pifias y los desmentidos, hoy en empate técnico con Carlos Loret de Mola por la medalla de oro en la olimpiada de las vaciladas periodísticas—. Riva Palacio, decía, mientras yo admiraba a la Patita, él destilaba la alquimia informativa que hoy exhibe en El Financiero; una técnica que ha ensayado a lo largo de décadas.
Ahora, don Raymundo y don Loret nutren su periodismo ficción con aportaciones de una inteligencia artificial tan amable que le da a cada cual lo que desea; funciona, sí, como las estaciones de radio de complacencias musicales: el columnista pide un canallada sobre la salud de Ernestina Godoy o una supuesta corrupción en la 4T, y la imaginación la aporta, en esta época bien corregida y más aumentada por la IA, aunque la realidad diga otra cosa. Pero, qué carajos, ¿a quién le importa la realidad teniendo tantos cuentos a la mano?
La Fuente de Cri-Cri en la Alameda de la Sultana del Norte fue uno de los rincones más queridos de la ciudad. Pasaba uno a su lado y se escuchaba la música infantil de Francisco Gabilondo Soler, quien tenía dos alias, o eso pensé siempre: Cri-Cri y el Grillito Cantor. La fuente estaba decorada con los entrañables personajes: animales humanizados y escenas inspiradas en las lindas canciones. Ya no existe. Las figuras se trasladaron al Parque España de Monterrey…, pero los secretos para dar información de alto nivel de aquella fuente se los robó la comentocracia, sobre todo la de la Ciudad de México.
Algo se quedó en la capital de Nuevo León, donde hay un competidor de Riva Palacio y Loret —medalla de plata en la olimpiada de las vaciladas periodísticas—, don Ramón Alberto Garza. Pero, ni hablar, la mayoría de las piedras filosofales de la Fuente de Cri-Cri las usan hoy columnistas de Chilangolandia.
(Paréntesis: Aprecio, como viejo vecino del centro de Monterrey, lo que hizo el actual alcalde, Adrián de la Garza, en su primera administración: rescatar, en 2017, las figuras de Cri-Cri que cinco años antes habían sido arrumbadas en una bodega).
(Otro paréntesis: En lo que sigue pido perdón a Cri-Cri, ya que usaré sis canciones para describir la metodología de la comentocracia).
Imagino a Riva Palacio como el Ratón Vaquero de Cri-Cri: como el famoso roedor, el columnista de El Financiero es presumido, mezcla idiomas al redactar —no ha superado a su maestro en el arte de pensar en inglés, Jorge Castañeda, pero lo intenta—, y como el ratoncito que sacaba sus pistolas para intimidar, don Ray amenaza en cada columna con provocar maremotos en el océano de la opinión pública, pero quedan en nada.
Necesitaría la comentocracia el Caminito de la Escuela de Cri-Cri. Aunque sobre todo le hace falta a Loret, bastantes columnistas deberían volver a las aulas, ya sea para aprender a escribir sin faltas de ortografía o para cursar la clase de ética, en la que se enseña a verificar y contrastar, no a inventar fuentes ni creerse los chismes de pasillo.
Si no regresan a la escuela a capacitarse, los y las columnistas quedarán como los más huevones personajes de Cri-Cri: dos de los Cochinitos dormilones. Conste que, aunque pocos, hay comentócratas que, como el tercer Cochinito, hacen la tarea; pero la mayoría prefiere soñar con el México de antes de la 4T, cuando los gobiernos del PRI y del PAN trataban a los medios como un poder superior al Estado y se les llenaba de riquezas para mantenerlos tranquilos.
A los y las comentócratas les jode que en cada mañanera la presidenta Claudia Sheinbaum los despierte y les demuestre que han soñado tonterías. Al columnismo inventor de exclusivas —la medalla de bronce es de Salvador García Soto— le viene de maravilla la canción del Chorrito.
Como el Chorrito se hacen grandotes y se hacen chiquitos en sus columnas sobre supuestas crisis, por ejemplo, anunciando renuncias en el gabinete —últimamente la más renunciada es Ernestina Godoy; le sigue, pisándole los talones, Juan Ramon de la Fuente—. Tales exclusivas suelen inflarse un día y desinflarse al siguiente cuando la realidad las desmiente.
Y como el Chorrito, que estaba de mal humor porque tenía calor, los y las columnistas se encabronan cuando en la mañanera se sube la temperatura de la verdad y quedan bien quemados.
Nada hay más jodido para el columnismo que ir, como la Patita, al mercado informativo a comprar tormentas políticas que nunca llegan… ni llegarán.
La comentocracia es como el Ropavejero de Cri-Cri: recoge chismes basura, los envuelvn con expresiones solemnes del tipo tres fuentes consultadas y lo vende Crcomo si fueran revelaciones de inteligencia de EEUU o de gente cercana a Palacio Nacional. Es morralla periodística o, de plano, pura mierda.
Cuánto columnista es como el Che Araña de Cri-Cri, pero con valor añadido: son las (pin) Ches Arañas informativas. Dandys del periodismo que piensan que escriben con elegancia, pero que en realidad están atrapados en su propia telaraña de falsedades.
