Por fin, el payaso sale del Palacio
Bastaba que creyeran que era la última novia de Petro para que le abrieran las puertas de par en par. Jóvenes, bonitas, seguras, sin pudor, con demasiado desparpajo e insuficiente preparación, ningún alto cargo masculino las habría elevado a los altares de no ser por la sospecha de que el emperador las había sumado a su harén.
Más de uno pensaría que si un presidente acosa en público, con insultante desvergüenza, a la directora del PNIS, qué no hará tras los muros del Palacio.
De ahí el trato de favor y el ascenso meteórico de Gabriela Muñoz y Juliana Guerrero. El caso de Vanessa Cortés y el de Laura Sarabia son diferentes. La primera era la amante permanente desde años atrás y esa sola condición le garantizaba jugosos contratos y otras gabelas como incluirla, sin justificación alguna, en la visita al santo padre en el Vaticano.
“Actos de corrupción que son minúsculos. Imaginen, una chica cobrando un millón de pesos por una cita”, analizó con sorna el autor de Sin senos no hay paraíso.
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Fallos pendientes:........
