La prueba de la grandeza
Cuenta Plutarco que cuando Julio César llegó a Hispania y se encontró frente a una estatua de Alejandro Magno, sintió una repentina y profunda amargura. Pensó que a su misma edad el macedonio ya había conquistado medio mundo, mientras que él todavía no había forjado nada digno de la memoria humana. No sintió envidia de Alejandro, sintió vergüenza de sí mismo. En el abismo que separa a esas dos palabras reside la distancia moral entre los hombres grandes y los hombres minúsculos. Los primeros contemplan el éxito ajeno y se miden con la historia para saber qué les falta. Los segundos lo miran de reojo y afilan las tijeras de su propia mediocridad para intentar disminuirlo. Colombia lleva semanas enfrentada a esta misma prueba y, me temo, no todos están a la altura de las circunstancias.
Abelardo de la Espriella escaló hasta la cima sin el pedigrí de los cargos de elección popular, sin gobernaciones ni alcaldías, sin el engranaje de las maquinarias que suelen lubricar las campañas, ni el aparato burocrático que por décadas ha fabricado liderazgos de papel. Llegó impulsado por una alquimia escasísima en la política colombiana: convicción, verbo encendido y una conexión genuina con el ciudadano.
Llegó, además, soportando estoicamente meses de fuego cruzado; no solo de los adversarios previsibles, sino de sectores que, al menos en teoría, debieron celebrar desde el primer minuto el surgimiento de una candidatura competitiva en su propia orilla ideológica. Lo resistió sin convertir el agravio en conflicto, sin hacer de las cicatrices una excusa para abandonar la causa común. Y, aun así, uno percibe que cierta dirigencia se resiste a asimilar la avalancha de fervor popular que ha multiplicado su apoyo de manera exponencial en tan poco tiempo.
Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas. Eso es legítimo y vital en cualquier democracia. Lo que resulta intelectual y moralmente........
