Ceguera
Nos sigue pareciendo un milagro que amanezca. Después de miles de millones de amaneceres, ahí estamos. Abrimos la cortina, como en una postal estereotipada, estiramos los brazos y exclamamos: ¡Qué sol tan hermoso!, como si el astro hubiera decidido, por fin, esmerarse para nosotros. La verdad es menos romántica y bastante más útil: el sol no está intentando impresionarnos, él solo está siendo el sol.
Tal vez cometemos el mismo error con las personas. Confundimos el brillo con la esencia. Creemos que quien ilumina una habitación necesariamente ilumina una vida, y no, hay luces que solo sirven para encandilar.
Imagino al sol como un emoji con sus gafas oscuras. No por vanidad, sino porque ni siquiera él soportaría verse de frente. Su propio resplandor le impediría descubrir las manchas que lleva encima. Es una imagen absurda, lo sé, pero no más absurda que nuestra costumbre de enamorarnos de las primeras impresiones.
Nos fascinan la gente brillante, los discursos impecables, las cuentas perfectas de Instagram, las biografías sin tachones. Compramos el drama de los otros para compadecerlos desde nuestro propio victimismo, nos enamoramos del potencial… del proyecto. Tenemos una extraña inclinación a creer que el envoltorio siempre trae instrucciones para la felicidad.
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