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Grietas tectónicas

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07.07.2026

En la idea liberal del mundo, la humanidad no sigue un curso predeterminado. Si los seres humanos somos distintos, como individuos e integrantes de grupos y comunidades, el ejercicio del bien supremo de la libertad nos puede conducir a planes de vida disímiles. De allí que el papel del Estado consista en ser árbitro de los conflictos inherentes a la vida social y en proveer bienes y servicios básicos. No existe un inventario definitivo sobre qué se entiende por tales.

El liberalismo moderno es constitucional. Se inspira en un conjunto de valores (libertad, pluralismo, tolerancia) y en una arquitectura institucional diseñada para impedir que cualquier actor —mayoría electoral, gobernante, partido, facción— pueda concentrar el poder y usarlo arbitrariamente. Es la respuesta liberal a la pregunta: ¿cómo convivimos en una sociedad naturalmente conflictiva sin destruirnos?

En términos ideológicos, el “socialismo científico”, tal como lo concibió Karl Marx, se encuentra en la orilla opuesta. La historia tiene una lógica interna: avanza por etapas impulsadas por la lucha de clases hasta que, en un tiempo indeterminado o mítico, ellas desaparecen. Llegamos así al reino de la abundancia, una suerte de paraíso terrenal judeo-cristiano…

De esta premisa surgen importantes corolarios: 1) El conflicto social es transitorio: desaparecerá cuando se elimine la propiedad privada de los medios de producción; 2) La humanidad se dirige hacia un estado final de armonía; 3) La política es el instrumento para acelerar la transición hacia el comunismo; 4) La libertad plena solo existe cuando cesa la explotación. Esta es la formulación teórica que sirvió de base a los estados totalitarios de la Unión Soviética y sus satélites, y ha conducido a la ruina absoluta de Cuba y Venezuela.

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