Siete minutos de infamia
La intervención (en un sentido bastante amplio, que incluye el cuasisinónimo “injerencia” o “intromisión”) del papa León XIV el pasado 8 de junio ha hecho correr ríos de tinta, como no podría ser de otro modo. En algunos textos se defiende su presencia en el Parlamento por ser jefe de un estado. En otros, se rechaza por su condición de jefe de una secta religiosa que no pinta nada en el lugar de la soberanía popular. La duda la despejó el propio León XIV al principio de su discurso cuando dijo en las primeras líneas: «Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro…». De manera que es excesivo admitir su presencia en el lugar por excelencia de la representación democrática, donde no cabe que un sacerdote, por muy obispo, cardenal, arzobispo o papa que sea, se dirija a los representantes de la soberanía popular. Por supuesto, un líder religioso puede dirigirse a sus fieles en otros lugares más adecuados, en este país hay libertad religiosa total, incluyendo la ocupación de espacios........
