¿Habrá que olvidarse del socialismo?
El modelo capitalista es un desastre, no ofrece soluciones para las amplias mayorías. El sistema socioeconómico y político que rige en la inmensa mayoría de países, surgido hace no menos de cinco siglos, hoy expandido por todo el planeta y -fundamentalmente- expandido y profundamente establecido en las conciencias de casi toda la población mundial, es el capitalismo. En este momento, al lado de las experiencias socialistas que aún perduran, que claramente no están en expansión sino sobreviviendo en condiciones asfixiantes, se puede autopresentar como la expresión máxima del desarrollo, la prosperidad y la libertad humana. De todos modos, más allá de esa narrativa triunfalista propagada en forma exultante, su realidad es muy otra: mientras produce riqueza en forma ininterrumpida, la manera en que la distribuye crea, al mismo tiempo, infinita pobreza y malestar. En su forma de actuar atenta contra el medio ambiente y contra las poblaciones, siendo las guerras siempre un expediente que le permite perpetuarse. Su estructura misma, su más profunda forma de ser, imposibilita una modificación real que admita el goce de ese fabuloso desarrollo en iguales condiciones para todo el mundo. Por todo ello, sin temor a equivocarnos, podemos decir que es un desastre.
El socialismo dio resultados positivos. El proyecto alternativo al capitalismo, el socialismo, se comenzó a construir en algunos puntos del mundo en el transcurso del siglo XX. Fueron relativamente pocos los países donde ello ocurrió, pero en todos se repitieron elementos bastante similares. Su objetivo básico es permitir el acceso de toda la población, sin ningún tipo de distinción, a los beneficios de la riqueza generada, poniendo el énfasis en una construcción social no centrada en la ganancia monetaria sino apuntando a la puesta en marcha de un nuevo modelo de relacionamiento, más solidario, más reconocedor y respetuoso del otro. No es el lucro, el beneficio pecuniario lo que lo define, sino el bien común, la edificación de una cultura de la solidaridad y del compromiso con el otro. Sus principios apuntan a que es la masa trabajadora, aquella que crea la riqueza social, la propietaria de la misma, por lo que se la debe distribuir equitativamente. En los pocos puntos donde se dieron esos procesos, hubo sustanciales mejoras en las condiciones de vida de sus poblaciones, con avances en todos los campos: salud, educación, ciencia, cultura, vivienda, deporte. Lejos de ser un paraíso -los paraísos no existen ni pueden existir-, sus logros en la equidad social dejan totalmente empalidecido al modelo capitalista.
Las ideas de Marx no estaban equivocadas. Las formulaciones hechas por Carlos Marx al estudiar a profundidad la estructura del modo de producción capitalista no estaban erradas. Por el contrario, cada una de sus afirmaciones, siempre con profundo carácter crítico-analítico, se han evidenciado fecundas, correctas. Sus detractores, que lo atacan por todos los flancos desde hace más de un siglo, no alcanzan a desmentir las verdades reveladas al investigar a fondo el capitalismo. El espíritu tremendamente destructor del mismo ha quedado demostrado en numerosas ocasiones: reprime en forma sangrienta la protesta social, fomenta un consumismo voraz atentatorio contra el planeta por la irracional sobreexplotación de recursos, genera guerras al por mayor. Junto a ello se articulan otras injusticias como el patriarcado y el racismo, que le son funcionales. Además, el concepto establecido por Marx de lucha de clases como motor de la historia permite entender sin cortapisas los movimientos reales de las sociedades. Pese a que la derecha lo intente declarar fenecido, el pensamiento marxista sigue siendo de una vigencia total, destruyendo con argumentos irrebatibles la mentirosa narrativa capitalista. Cuba no cae por socialista; cae por los infames embates de la principal potencia capitalista, que ve en la isla revolucionaria un “mal ejemplo” para el resto del mundo.
Pero la construcción del socialismo que tuvimos plantea interrogantes (quizá dudas). ¿Socialismo en un solo país?: no. A partir de las ideas forjadas por Marx que dieron lugar al socialismo científico durante el siglo XIX, grupos revolucionarios impulsaron en el ámbito político procesos que las mismas masas iban llevando adelante, como reacción espontánea a las injusticias indecibles que el capitalismo genera. Esas movilizaciones, oportunamente conducidas por vanguardias nutridas con esos ideales de cambio, permitieron las revoluciones socialistas que se dieron en el transcurso del siglo XX. En todas ellas se produjeron grandes cambios favorables a la masa trabajadora, pero con el correr de los años, todos esos procesos evidenciaron falencias, empantanamientos, se perdieron el ritmo y la mística de los inicios. En general, con características peculiares en cada lugar, pero siempre repitiéndose similares patrones, las vanguardias políticas fueron transformándose en burocracias. De algún modo, pasaron a ser nuevos estamentos sociales privilegiados, y el ímpetu de los primeros años se lentificó. La experiencia ha venido demostrando que la construcción del socialismo en un solo país abre interrogantes, pues bastante fácilmente se recae en valores capitalistas. Ello no refuta las ideas de Marx, pero plantea las preguntas (o dudas); de cómo seguir profundizando los cambios luego del momento insurreccional, que pareciera tienden a estancarse. Las experiencias habidas imponen forzosamente revisar, con criterio crítico-constructivo, lo acontecido en esos primeros pasos, no para condenarlos por inviables, sino para permitir que sigan siendo posibles, y de darse, se fortalezcan y lleven a una nueva sociedad global edificada sobre la justicia y la solidaridad.
Nueva arquitectura del mundo. China en disputa por la hegemonía global. Para fines del siglo XX, por una sumatoria compleja de factores, los avances de los países donde se venía construyendo una opción socialista, caen. El golpe más fuerte que recibió el campo popular global y las izquierdas en general, fue la desintegración de la Unión Soviética. Eso desarticuló luchas y enfrió severamente los ideales de cambio social. Junto a ese elemento, indispensable para entender la historia actual y esta dificultad para encontrar los caminos de las transformaciones revolucionarias, para entender esta creciente derechización que hoy día se vive, cuenta también el proceso de retorno a mecanismos capitalistas operando en la República Popular China. Ahí, luego de la muerte de Mao, se viene construyendo un socialismo híbrido, con una mezcla muy sui generis de vocabulario marxista y estrategias del más rancio mundo de la libre empresa. Estados Unidos, la gran potencia capitalista que quedara como hegemón mundial indiscutible luego de la Segunda Guerra Mundial, ha visto desacelerar su empuje de décadas atrás, y su economía da signos de agotamiento. En esa nueva dinámica, China ha ido creciendo en forma vertiginosa, y hoy disputa la hegemonía global. Sin buscar un enfrentamiento militar, está destronando al país americano de su sitial de privilegio, mostrando una pujanza imparable, superando ya a todos en su desarrollo científico-técnico, lo que se trasunta en su presencia comercial dominante. Su ideario, aunque mantiene un discurso socialista, no apunta a reemplazar el capitalismo global como sistema. Si bien otorga beneficios a su inmensa población, no representa un faro para las luchas obrero-campesinas en el resto del globo. La revolución socialista en todos los países que no son China, no encuentra ahí un referente válido, por lo que la actual arquitectura del mundo no parece dejar espacio a auténticas vías socialistas.
Geopolítica: ¿y la lucha de clases? El mundo actual, siguiendo la explicación formulada por Marx, por esa ciencia que se llama materialismo histórico, en términos de dinámica social se........
