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Presentación del «comunismo de Bujarin»

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05.01.2026

En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán reproducimos el prólogo que Sacristán escribió para el libro «El comunismo de Bujarin» (Grijalbo, 1973), de A.G. Löwy

Nota del editor.-  Este texto, escrito en octubre de 1972 en Barcelona, constituye el prólogo del libro El comunismo de Bujarin (Grijalbo, 1973), de A. G. Löwy, del que Sacristán fue traductor.

Tras la inclusión de varios textos de L. Trotski en su «Colección 70» y antes de publicar, en otra nueva serie, los últimos escritos teóricos de J. V. Stalin (Sobre el marxismo en lingüística, junio/julio de 1950; Problemas económicos del socialismo en la URSS, septiembre de 1952), la editorial Grijalbo presenta ahora la única investigación moderna existente sobre el otro miembro del trío bolchevique que ante la opinión pública mundial y en la previsión de los militantes de la III Internacional recibiría directamente el legado de Lenin: Nikolái lvánovich Bujarin.

Bujarin, que en vida de Lenin fue varias veces descrito por éste como el bolchevique más popular y más querido, es, en cambio, desde su asesinato de estado en 1938, el más desconocido de los tres. Stalin dispuso durante décadas del aparato de propaganda del estado soviético; Trotski pudo constituir en el exilio su propio dispositivo de propaganda, antes de ser asesinado a su vez en 1940 por el mismo poder al que sucumbiera su contrincante Bujarin. Sólo éste se tomó a la letra los principios de conducta estatutarios en el Partido Comunista (bolchevique) de la URSS –o sea, no organizó un aparato fraccional propio–, y por eso mismo su memoria ha estado a punto de quedar reducida a triste receptáculo de la masa de insultos y calumnias más imponente que jamás haya soportado ningún político, salvo Trotski, desde Catilina. El principal valor del estudio de Löwy que hoy se presenta en lengua castellana es abrir camino al conocimiento de la vida y la obra de un personaje casi de palimpsesto (tantas veces se ha recubierto su nombre en los registros historiográficos, como se borraba la imagen de Trotski de las fotografías tomadas en Petrogrado en octubre-noviembre de 1917).

En la corriente historia del movimiento comunista Bujarin es prototípicamente el Malo, la Tiniebla maniquea de la tradición dominante en la III Internacional, el tabú respetado por todas las tendencias y todos los partidos grandes y pequeños, por todos los grupos y grupúsculos, por todas las microsectas. Las mayores debilidades del libro de Löwy se pueden disculpar por esa circunstancia: ha tenido que ser no un historiador marxista, sino un economista y sociólogo no académico, sin más que su afición casi autobiográfica al desarrollo del marxismo en la URSS, el que ha empezado a sacar a la luz el enterrado recuerdo del Tenebroso.

Disculpar, por otra parte, no puede ser admitir sin más, precisamente si se quiere contribuir a la empresa de esclarecimiento inaugurada por Löwy. Su libro abunda relativamente en errores históricos de poca importancia, del tipo de considerar «discípulo de Gramsci» al principal contrincante político de éste, Angelo Tasca (p. 31), o «semianarquista» al dirigente del extremismo de izquierda de los años veinte Amadeo Bordiga (pp. 159, 189, 266), cuando Bordiga representó la punta más antiespontaneísta y más antianarquista que ha existido en la III Internacional. También hay errores más importantes en algunas estimaciones históricas de Löwy: el más craso es probablemente su intento de comprender la revolución cultural china según el modelo de las oleadas represivas a la rusa de los años 30 y 40 (con lo que el mismo Löwy se contradice, pues otras veces habla de la revolución cultural china como de la mayor novedad y heterodoxia «bujariniana» del comunismo mundial desde 1917. El lector hallará probablemente –como la ha hallado el traductor– ocasión de reflexión en ese autocontradecirse de Löwy).

Pero mucho más que los errores abundan en este libro inaugural sobre el «bujarinismo» –si es que ha existido una cosa así– las tesis audaces, muy discutibles, acaso parcialmente cerradas, pero de estudio estimulador y útil para la ruptura de prejuicios poco conscientes y de tabúes por completo implícitos que dominan la comprensión histórica de la III Internacional.

La más interesante y quizás la más fundada de esas tesis probablemente necesitadas de revisión histórica es la interpretación por Löwy de la actitud de Bujarin respecto de la NEP, respecto de la Nueva Política Económica con la que Lenin, por un acto de autoridad bastante personal, intentó en 1921 sacar al país del hambre mediante la restauración de un mercado capitalista parcial controlado por el estado soviético. Löwy interpreta la frase de Bujarin (en el discurso necrológico de éste sobre Lenin, 1924), según la cual a la muerte del maestro «la tarea básica está realizada en nuestro país [la URSS: todas las inserciones entre corchetes son del presentador, M.S.] en sus nueve décimas partes», en el sentido de que Bujarin pensara que el simple desarrollo de la NEP daría de sí relaciones de producción socialistas (supuesto el dominio soviético del estado). Escribe Löwy en su comentario: «Estaban ya realizadas nueve décimas partes de la tarea básica: ya era sólo cuestión de tiempo, de restablecer plenamente la economía, para que se tuviera realizada en la Unión Soviética la edificación del socialismo. El fundamento sólido estaba puesto: ese fundamento es la NEP, la colaboración de formas estatales, cooperativas y privadas. Con eso Bujarin se oponía a la mayoría de sus camaradas, que veían en la NEP una retirada impuesta por la desgraciada circunstancia de que no se había producido la revolución mundial» (p. 248; interpretación prácticamente idéntica en la p. 302).

Löwy plantea la cuestión con una sencillez que, por encima de su elementalidad acaso excesiva, tiene el doble mérito de ampliar la formulación de lo que se suele entender por «controversia sobre la industrialización» y de destacar uno de los aspectos esenciales del asunto, generalmente puesto en segundo término: «Las diferencias se centraban en torno a la cuestión: ¿era la NEP un “accidente de trabajo”, causado por el fallo de la revolución mundial, o bien ocurre que toda edificación socialista, incluso en un país industrial y en condiciones mucho más favorables, ha de proceder a través de un largo período de economía de mercado, un largo período de socialismo más capitalismo [la expresión en cursiva no es de Bujarin, sino de Lenin]? Del primer planteamiento se infería la siguiente conclusión: si la NEP no era más que retirada impuesta externamente, entonces un día habría que anularla retrospectivamente. En cambio –se infería del segundo–, si era el camino adecuado al socialismo, había que continuarla hasta que el objetivo histórico marxista, la sociedad sin clases, se desarrollara paulatinamente partiendo de esa forma mixta» (p. 178).

La interpretación de Löwy dice que «el principal descubrimiento de Bujarin –y el más discutido– se expresa en la expectativa de que el socialismo pleno se desarrolle a partir de la NEP, de sus propias leyes económicas» (p. 179). El autor documenta esa interpretación no sólo con frases sueltas de Bujarin en realidad ambiguas (por ejemplo: «Nuestro “capitalismo de estado” agonizará con toda paz»), sino también con desarrollos de su biografiado que resultan mucho más fundamentadores, porque parecen insertar la tendencia a ver la construcción del socialismo en continuidad con la NEP dentro de una concepción general de la preservación y el desarrollo del elemento socialista durante el período de transición. Así, por ejemplo, Löwy aduce textos de Bujarin en los que la destrucción sólo paulatina de la NEP se entiende como defensa imprescindible contra la burocratización de la vida soviética. Tal este párrafo de Bujarin de 1922, dado por el autor en la p. 182: «Si el proletariado se........

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