El anarquismo en su laberinto
El diálogo de sordos entre el “plataformismo” y el “no fundacionalismo”
En los últimos tiempos se ha desarrollado un áspero intercambio de posiciones entre dos tendencias que, a pesar de mostrarse como mutuamente incompatibles, se adscriben ambas al ámbito ideológico del anarquismo. El detonante de la desabrida polémica fue la publicación en 2024 del libro del teórico e histórico militante libertario Tomás Ibáñez titulado “Anarquismo no fundacional: Afrontando la dominación en el siglo XXI”. Las iconoclastas tesis que se desarrollan en el texto recibieron la enérgica crítica de Miguel Brea, militante de la organización Liza Madrid -creada en 2023-, que se encuadra en una tendencia conocida indistintamente como “plataformismo” o “especifismo”. Ambas denominaciones remiten a la necesidad de la constitución de una organización “específica” que, como expresa su manifiesto fundacional, sea “estable, basada en la unidad política y de acción, ya que creemos firmemente que esta es la única forma de superar los obstáculos y de cambiar la relación de fuerzas”. Los términos de la polémica no destacaron precisamente por su fraternidad. Mientras Ibáñez tildaba, en el artículo que desató la escaramuza, las posiciones defendidas por la organización de Brea de “anarquismo de las cavernas, retrógrado y autoritario”, el título del texto de respuesta de Brea -”Anarquismo no fundacional: anarquismo funcional al capital”- no deja tampoco lugar a dudas acerca del carácter “contrarrevolucionario” que atribuye sin ambages al enfoque de Ibáñez:
“Podríamos hablar, sin exagerar, de que la propuesta de Ibáñez supone un anarquismo funcional: funcional para los explotadores y opresores porque renuncia a construir poder colectivo”.
Pero más allá de la aparente incompatibilidad de las enconadas posturas, el agrio intercambio suscita algunas cuestiones muy relevantes en cuanto a las formas, los sujetos y los frentes en los que se desarrollan las luchas populares contra la opresión ejercida a través de todos los poros de la vida social por las instituciones capitalistas.
¿Cuáles son pues los rasgos de los dos marcos ideológicos enfrentados y las razones reales de su manifiesta animadversión? ¿Resultan enfoques adecuados de la realidad social vigente o, más bien, representan visiones desencaminadas, que oscurecen el diagnóstico y yerran en cuanto a las posibles formas de desarrollar luchas populares contra la barbarie acelerada que procura la acumulación en su agónico estado actual?
Lo que hace, en definitiva, interesante la referida querella es que refleja vívidamente el conflicto frontal entre dos paradigmas que encuadran las coordenadas básicas en las que se desarrollan actualmente los proyectos genuinamente antagonistas -excluyendo el reformismo electoralista de la izquierda del capital-: el “relativismo” acerca de la composición, las estrategias y la ubicación de las luchas y las resistencias populares contra los múltiples dispositivos a través de los que se ejerce el poder social, inspirado en el paradigma postestructuralista francés encarnado en la prominente figura de Michel Foucault; y, por otro lado, el marco canónico de la izquierda tradicional, tanto marxista como anarquista, cuyo basamento se sitúa en la afirmación del carácter neurálgico de la lucha de clases comandada por el proletariado, como sujeto histórico preeminente y depositario de las menguantes esperanzas de la humanidad doliente en la transformación social revolucionaria.
El paradigma ortodoxo del anarquismo plataformista
“Nosotras, por el contrario, entendemos el capitalismo como un sistema basado en la explotación de una clase social mayoritaria por unos pocos. El problema es que mientras la clase explotadora es plenamente consciente de sus intereses y de sus enemigos, nuestra clase, la trabajadora, tiene por delante la tarea de clarificar esta relación social de explotación y construirse como un sujeto político autónomo”.
La declaración previa de Brea sintetiza el fundamento programático del anarquismo plataformista. Nos hallamos pues ante el arquetipo de la izquierda revolucionaria, vigente desde los inicios del movimiento obrero hace más de doscientos años. Los añejos postulados de la Primera Internacional se mantienen incólumes: el capitalismo como organización social fundada sobre la explotación de la clase trabajadora a cargo de la burguesía, su enemigo fratricida; el proletariado como sujeto histórico del advenimiento del socialismo y portador de la antorcha de la liberación humana del yugo del capital; y la necesidad de la organización de la clase obrera, en pos de su emancipación mediante la revolución social, concebida -en palabras de Manuel Sacristán- en clave milenarista como “la plenitud de los tiempos”.
El plataformismo postula por tanto la necesidad de la creación de una organización específica, que represente los intereses y los objetivos de la clase trabajadora, con una estrategia y un programa bien estructurados, que orienten el tacticismo de las luchas y resistencias concretas hacia un horizonte revolucionario:
“Considera necesaria la creación de organizaciones revolucionarias libertarias para una acción unificada, puesto que actuar de forma aislada dispersa las fuerzas e impide generar un horizonte revolucionario ya que las dinámicas autonomistas que impregnan la militancia anarquista impiden abordar asuntos coyunturales o generales de clase (…). Abogan por una disciplina militante, democracia autogestionaria, federalismo y conciliación entre individuo y colectivo. Entienden el conflicto abierto como inevitable entre la clase dominante y las dominadas, buscando dotar a la clase trabajadora del poder popular que ayude a romper con las cadenas de la opresión, anquilosadas y oxidadas por el tiempo”.
En base a los rasgos esbozados, no resulta sorprendente que uno de los postulados fundamentales del plataformismo sea la crítica “dura y realista” de lo que denominan “autonomismo”, considerado el epítome de la “dispersión organizativa y estratégica”, que limita las posibilidades de constitución y de crecimiento de las organizaciones de clase:
“Durante demasiado tiempo, el movimiento anarquista ha funcionado sin estrategia común, sin horizonte político compartido. Por no decir, siendo más duros y realistas, sin horizonte político de ningún tipo. Cada grupo ha trabajado en su pequeño espacio, defendiendo su autonomía hasta el aislamiento. Lo que pretendo señalar es la tendencia –de una parte– de los movimientos sociales, del movimiento libertario y de la autonomía social, de confundir una táctica: los espacios de lucha, de autoorganización, de encuentro y enculturación alternativa, con la estrategia: construcción de una clase a partir de dichos encuentros, de dichos espacios”.
El citado Brea no ahorra ironía a la hora de describir -con cierta querencia, dicho sea de paso, por los símiles hortelanos- el carácter “autocomplaciente” que puede llegar a imperar en tales espacios autónomos:
“Hay toda una generación de activistas, que no militantes, enculturados en la deriva más frívola, burguesa e individualista del sentido común de la autonomía social más pueril. Hijos de los huertos urbanos, las cooperativas, las raves, los espacios autogestionados, que lejos de haber desarrollado una concepción profunda de la estrategia que siguen, se conforman con la complacencia de sentirse, aunque sea por un momento, alternativos (…). A todas nos gustaría hacer la revolución plantando patatas, con crianzas compartidas, en cafetas, raves u otros espacios de socialización, pero lamentablemente no podemos hacer estrategia de la táctica por más que nos autoconvenzamos”.
En las antípodas del delicuescente solipsismo de los autónomos, el plataformismo deposita la esperanza y los desvelos en el “único camino para enfrentar un sistema criminal”:
“A estas alturas del artículo la respuesta es clara: la revolución social no solo es posible, sino también deseable, porque constituye el único camino para enfrentar un sistema criminal que nos conduce al colapso generalizado”.
A la vista de estos mimbres ideológicos, no resulta chocante la notable coincidencia -también obviamente con diferencias significativas- entre el marco someramente descrito y los análisis y las propuestas del Movimiento Socialista, conjunto de organizaciones de orientación marxista-leninista surgidas recientemente, principalmente en Euskadi y Catalunya, como escisiones de las juventudes del independentismo radical. Véase, como botón de muestra de esa sintonía, el siguiente fragmento de la “Carta abierta a la juventud comunista” de Mònica Chirivella, antigua militante de la izquierda independentista, que sirvió de “carta de presentación” del Moviment Socialista catalán en 2022:
“Para poder llevar a la práctica estos principios y confrontar el poder del capital, que reproduce constantemente la explotación y las opresiones como forma de dominio, hace falta que conformemos un poder propio como clase, un poder que sea capaz de crear las condiciones para confrontar el poder del capital y crear una nueva sociedad. Porque llamarnos revolucionarios no hace que automáticamente nuestro proyecto lo sea. La cuestión no es querer serlo, sino pensar de forma revolucionaria y actuar en consecuencia, elaborando una estrategia y tácticas comunistas que conviertan el criterio teórico que vamos adquiriendo en criterio político”.
De hecho, y en pos de superar la “desorganización y confusión estratégica”, que desembocan en la atomización y disgregación de las luchas, los miembros de Liza expresan su voluntad de diálogo y de confluencia con todas las organizaciones creyentes en la capacidad de la clase trabajadora para “dinamitar este sistema”:
“Hablamos de tú a tú a los distintos destacamentos anarquistas y comunistas; a las organizaciones de intención revolucionaria. A quienes, desde fuera de los cauces institucionales, apuestan por la clase trabajadora como el único sujeto histórico capaz de dinamitar este sistema”.
Anarquismo no fundacional: ¿un Foucault libertario?
“La línea definitoria del anarquismo no fundacional consiste en fomentar que las personas y los colectivos se constituyan, en toda la medida de lo posible, como ingobernables” (Tomás Ibáñez)
En las antípodas del arquetipo de la izquierda tradicional encarnado por el plataformismo, se sitúa la innovadora propuesta que despliega Tomás Ibáñez bajo la rúbrica de “anarquismo no fundacional”.
El duro diagnóstico de Ibáñez acerca de los sectores que ubica en lo que denomina el “paleoanarquismo”, a los que llega a tildar de “leninismo rampante” -quizás la mayor ofensa que pueda recibir un anarquista-, no deja lugar a dudas acerca de su postura condenatoria: “están propiciando un regreso catastrófico de los anarquismos hacia unas formas desfasadas que le auguran una total perdida de incidencia sobre la realidad presente y sobre las luchas que se están desarrollando por doquier contra la dominación”.
¿Cuáles son pues los rasgos del planteamiento de Ibáñez que justifican el ostensible y recíproco antagonismo con el plataformismo?
Laura Vicente realiza una ajustada síntesis de las características fundamentales del “no fundacionalismo”:
“El acierto de las críticas a la Modernidad desde el postestructuralismo las agrupa el autor en tres grandes bloques: en el primero, los valores relacionados con la centralidad del sujeto, la perspectiva de la emancipación, la naturaleza humana, los procesos de subjetivación y el esencialismo. El segundo bloque se centra en la crítica de la perspectiva totalizante que subyace en el concepto de revolución. Y, por último, la crítica a la esencialización del poder (de la mano de Michel Foucault)”.
Esta crítica de los principios “fundacionales” de la modernidad ilustrada se complementa, como refleja la siguiente descripción de Ibáñez, con la certificación del final del “siglo obrero” y la consiguiente desaparición del proletariado como sujeto revolucionario a manos del capitalismo fordista del Welfare State:
“El llamado ‘estado del bienestar’ apaciguaba la conflictividad social invirtiendo los costes que esta le suponía en mejoras sociales que amansaban a la clase trabajadora y que, mediante los préstamos a largo plazo para incentivar el consumo, la encadenaban a actitudes escasamente beligerantes contra la conservación del statu quo y de la paz social”.
Este agotamiento del marco tradicional de la lucha de clases coincide con la irrupción de los nuevos movimientos sociales post68 y con la minuciosa deconstrucción de los “grandes relatos” decimonónicos llevada a cabo por los filósofos postestructuralistas franceses, con Michel Foucault en lugar prominente:
“El postestructuralismo, acompañado hasta cierto punto en su labor deconstructiva por un sector del neopragmatismo, encabezado por el filósofo Richard Rorty, acertó a expresar las críticas contra determinados supuestos de la Ilustración y de la Modernidad: puso en jaque los principios vehiculados por sus grandes relatos y se mostró corrosivamente crítico con algunos de los valores que, tras su apariencia positiva, escondían aspectos insostenibles bien contrarios a lo que pretendían favorecer”.
Como consecuencia lógica de este cuestionamiento profundo de los fundamentos del “imaginario revolucionario clásico”, la propuesta sociopolítica de Ibáñez incide en la necesidad de “multiplicar los focos de resistencia en el tejido social” contra los ubicuos dispositivos de poder:
“La renuncia a la pretensión de incidir sobre toda la sociedad -lo cual,........
