Hora y veinte minutos sin decir Andy
CIUDAD DE MÉXICO (apro).-
Hay una imagen que vale por todo el mensaje: un hombre de setenta y dos años meciéndose en una silla de mimbre, en el porche de una quinta de Palenque, con guayabera blanca de vivos rojos y pantalón azul marino, explicando con paciencia que La Chingada es una quinta y no un rancho.
El miércoles a las siete de la noche, Andrés Manuel López Obrador reapareció. Habló una hora y veinte minutos. Es su sexta aparición pública desde que entregó la banda presidencial.
Al dejar Palacio prometió que sólo volvería en defensa de la democracia, la soberanía y el gobierno de Sheinbaum. Cumplió a medias: volvió por Maduro, por Cuba, por dos libros, por la elección judicial y por una carta contra la injerencia estadunidense.
No volvió por lo que pasaba en su propia casa. No habló cuando a su hijo le quitaron la visa. Ni cuando el contralmirante de su gobierno aterrizó en el Altiplano. Ni cuando el gobernador que él impuso duró 34 horas.
No es un hombre callado. Es un hombre selectivo. Y eso es mucho más serio, porque un silencio general se explica por el retiro; uno que sólo cubre a los suyos se explica de otra manera.
Dijo que está contento, que está feliz, que le ha ido bien. Presentó Pueblo, su segundo libro desde el retiro. Diez capítulos, el último dedicado a la Cuarta Transformación y el noveno titulado, con el humor de siempre, el neoporfirismo prianista. Se lo dedicó a Claudia Sheinbaum: la mejor presidenta del mundo. Repasó a Zedillo, a Fox, a Calderón. Volvió a arremeter contra Carmen Aristegui y Carlos Loret. Y aclaró que sus adversarios lo habían dado por........
