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La Epifanía y las 436 bolsas

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07.01.2026

Llegamos a la fiesta de la Epifanía, la última etapa de las celebraciones de la Navidad. Pocos saben ya su significado que, a partir del Evangelio de Mateo 2: 1-12, la imaginaría popular y el mercado asocian con la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús, la rosca que los conmemora y, como una reminiscencia de los presentes que llevaban consigo –oro, incienso y mirra–, con regalos a los niños.

La Epifanía, sin embargo, no es el Día de Reyes, como suele llamársele. Su significado en español es la “Manifestación” de la presencia de Dios en el niño que al crecer irá al encuentro de los que el poder humilla y cuyo nacimiento celebramos el 24 de diciembre último. Contra lo que solemos pensar, el Evangelio de Mateo no habla de reyes, sino de “magos venidos de Oriente”; el de Lucas, que también consigna el hecho, de “pastores”.

Lo que señalan estos relatos es que los testigos de esa revelación que trastocará el mundo para bien y para mal no son reyes –seres de poder– ni hombres de provecho que construyen el mundo, hacen la historia y duermen satisfechos, ajenos a la manifestación. Son, por el contrario, astrólogos, sabios errantes de mantos raídos que escrutan los signos del cielo –de allí la estrella que los acompaña– y pastores pobres, como el niño a quien visitan, que conducen pequeños rebaños y velan en la intemperie de la noche. Esa gente, que en el Evangelio de Mateo y de Lucas habla del desprendimiento y la atención que debe tenerse para captar la profunda humanidad del Evangelio, ha sido reducida a una rosca de supermercado, a un niño de plástico enterrado........

© Proceso