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Julio Scherer sobre el lago Constanza

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07.04.2026

 Tijuana 1 julio 1941

Atravesar el lago Constanza significa en Austria y Alemania pasar por un peligro sin darse cuenta. Peter Handke rememora esta leyenda en El cruce del lago Constanza: a media noche un jinete va en su caballo por un bosque y empieza a nevar. Se baja, camina jalando al caballo con la rienda y atisba a lo lejos la luz de una cabañita o una venta. Sigue en esa dirección y al llegar toca la puerta en busca de cama y comida. Cuando el ventero sale le pregunta:

  -¿Y usted por dónde venía?   -De allá -le dice el jinete-. Y le señala el lago.    -No puede ser. El lago Constanza nunca tiene más de tres centímetros de espesor.

 Entonces el jinete se cae muerto.

Julio Scherer se ha pasado la vida atravesando el lago Constanza. Alguna vez, cuentan sus amigos, se les perdió a medianoche en Manhattan. Daban las dos de la mañana y de Julio no se sabía nada. Cuando de pronto reapareció le preguntaron.

-¿Pues dónde andabas?   -Pues por allá, en Harlem.   -¿Y no te pasó nada?   -No, ¿por qué? A mí nunca me pasa nada malo.

Harlem era todavía una zona de guerra, uno de los barrios más bravos en la ciudad con índice de criminalidad más alto del mundo.

Y Julio la fatigaba tranquilo a las dos de la mañana.

Muchos años después, en la frontera que divide al El Salvador de Guatemala, Julio sí tuvo un susto, en serio. Fue a finales de julio de 1980.

Había ido a entrevistar a un jefe guerrillero salvadoreño pero la entrevista no pudo realizarse por falta de seguridad. No había aviones de regreso y decidió entonces regresarse en autobús hacia Guatemala. En mala hora. Justo en el confín lo detuvieron unos policías salvadoreños; le encontraron unos folletos propagandísticos en la maleta y lo encañonaron. De no haber sido por los kaibiles guatemaltecos, que literalmente se lo arrebataron a los salvadoreños, Julio no la hubiera contado.

-De haberlo entregado nosotros a los de El Salvador, como ellos querían, usted hubiera caído en manos de la policía y no se imagina lo que eso significa -le dijo un comandante guatemalteco luego de su liberación.   -¿Tortura, comandante?   -A lo mejor. O más sencillo: dos tiros en la carretera, desnudo, desfigurado, sin huellas ni identificación posible. Nadie, jamás, habría sabido de usted.

 Ya sobre los 54 años, luego del golpe a Excelsior en 1976 y la fundación de Proceso el 6 de noviembre de ese año, Julio Scherer era tal vez el único director de periódico o revista que aún salía al campo de batalla. En El Salvador quería entrevistar al líder guerrillero Sebastián Cayetano Carpio. No se pudo, se sintió muy molesto y frustrado, y de muy mal humor se fue por tierra hacia Guatemala y México. Los kaibiles lo llevaron en un jeep a una barraca militar y lo encadenaron a un barrote de fierro toda una noche.

-Te voy a hacer mierda comunista hijoeputa -le advertía el teniente Chicho, paseándole una escuadra Beretta por el rostro.   Luego el teniente Pacho le informó que el servicio de Inteligencia ya lo había investigado.   -Usted es periodista internacional -le dijo el comandante.  -¿Y si no lo hubiera sido?  -No lo cuenta.

Aprovechando el raite (como dicen en Tijuana), Julio no desperdició la oportunidad que se le presentaba luego que le dieron de comer y de beber ron con soda: entrevistar al comandante. Cómo, cuándo, y por qué de la guerrilla, por qué su........

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