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De políticos mancos y guerras ambidiestras

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03.06.2026

Hace muchos años escribí un ensayito en el que criticaba a los que llamé “políticos mancos”. Me refería a quienes ejercen el poder con una sola mano, la izquierda o la derecha; es decir, con suavidad y negociación invariables o con dureza e intransigencia perpetuas. Argumentaba ahí, si mi memoria no me traiciona, que es malo ese desequilibrio o, mejor dicho, esa falta de versatilidad. Los buenos políticos saben cuándo conviene usar una u otra mano, lo cual varía con las circunstancias. Los malos sólo saben ceder siempre o golpear siempre. Y desde luego, los peores son los golpeadores compulsivos. No sólo se vuelven predecibles, también se ganan enemigos innecesarios y a menudo echan a perder sus proyectos por su obsesión de imponerlos a rajatabla. Leyeron mal a Maquiavelo, quien no aconsejó a los príncipes ser sólo temidos, sino también ser queridos y respetados.

Los dirigentes populistas tienden a amputarse la mano izquierda. La mayoría de ellos son rijosos por temperamento y, por ello, se acomodan con facilidad en su papel. Y es que el populismo presupone un pleito interminable con todos aquellos que no se someten a su voluntad y con las élites, que son su pluma de vomitar. Pleito, digo, no debate. El manual populista los instruye a ser ofensivos e injuriosos con sus enemigos, pues su base social está enojada y deben actuar en consecuencia. El discurso de odio moviliza, da votos. Si no están enojados, lo cual es inusual, tienen que ponerse el disfraz de pandilleros y embestir navaja en ristre a los “elitistas”. Pero insisto, lo más común es que quien encabeza el movimiento sea pendenciero por naturaleza.

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Escribo esto a propósito de los lances más recientes del presidente de Estados Unidos. Donald Trump es un ferviente seguidor de la tesis del hombre fuerte, el madman, el bully que debe provocar pánico en los demás. Entiendo que se lo........

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