Juan Pérez de Mungía: «Iglesia y poder»
Juan Pérez de Mungía: "Slava Ukraini"
Juan Pérez de Mungía: "Pucherazo con amor: Arquitectura de un gobierno corrupto"
Si no fuera por el mito, la venida del anticristo estaría bien representada por los que se dicen vicarios de Cristo. El mito protege la decadencia de una institución que, desde el Imperio romano, ha contribuido decisivamente a la civilización, pero que forma parte de la imaginaria justicia divina para los culpables. No todas las religiones se basan en la culpa: el protestantismo o el islamismo, una fe vaciada de culpa que cree en el destino o la ausencia de conciencia, la ignoran.
La Iglesia romana vive su crisis interna en su búsqueda de poder, aliándose con él o acaparándolo. El cinismo la define: Maritain veía la fe como opción personal; Tertuliano afirmaba “creo porque es absurdo”. Siempre priorizó la fe sobre la razón, pese a los jesuitas. Su desaparición se anuncia en la conversión de la fe en rito y en su secularización como administradora arbitraria de caridad pública, parasitando al Estado bajo una máscara humanista. Persisten amenazas visibles en las advocaciones marianas —la fe infantil que ignora al padre— y otras que amenazan la doctrina cristológica. Triunfa la teología arriana. Juan Pablo II lo simbolizó con “totus tuus”, la madre virgen.
Los cambios revelan una arquitectura cismática: pretensión de autoridad moral universal en crisis, fe dudosa de sus próceres, cinismo dogmático, empobrecimiento colectivo y “fe del carbonero”. La enajenación es clara: secularización progresiva, inmigración tribal no asimilada y crisis de credibilidad por abusos, opacidad y protección de delincuentes sexuales. Menos preocupada por sus fieles, se alinea con doctrinas humanistas que desplazan a Cristo como valor sacrificial, avalando de facto el islamismo, heredero del arrianismo.
En España, la Iglesia sufre una crisis estructural de credibilidad. Los escándalos de abusos silenciados durante décadas revelan, el control sobre sus acólitos y una moral sexual que favorece la perversión. La jerarquía prioriza un “negocio” con la inmigración irregular y las subvenciones públicas, mientras predica dignidad universal. Critica abiertamente la prioridad nacional. García Magán afirma que “el prójimo no es solo el de mi país”, ignorando a sus fieles. Esta dualidad —oscurantismo interno y alineamiento externo— erosiona su autoridad moral, especialmente donde la fe popular convive con la integración fallida del inmigrante y la precariedad laboral. Crece el número de víctimas y abusadores. La Regenta de Clarín ilustra cómo la confianza traicionada se paga cara. Confesarse con el abusador.
La Iglesia practica un silencio cómplice ante sus propios delitos, protege a sus delincuentes y hace propaganda a favor de la inmigración descontrolada que fomenta la pobreza como caldo de cultivo de poder, contra la ciencia y a favor de la superstición. Prioriza el “negocio” como Cáritas con fondos estatales. Una estrategia calculada: ante la pérdida de feligreses autóctonos, renueva su base social con migrantes dependientes, ignorantes y menos exigentes. Gestionando su corrupción interna, critica la “prioridad nacional”; nunca a un gobierno mafioso........
