César Valdeolmillos Alonso: «Lo que hemos dejado de sostener»
“La memoria no sirve para vivir en el pasado, sino para no perderse en el futuro”. Gabriel García Márquez
Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que algo importante se ha ido aflojando. No de golpe, no con ruido, sino poco a poco, como ese amor que damos por firme hasta que un día nos preguntamos dónde está. No siempre sabemos cuándo empezó a desdibujarse. Pero sí notamos que ya no estamos exactamente donde estábamos.
Algo más que «este país»
Habitualmente hablamos de España como si fuera algo ajeno, como si lo que ocurre en ella perteneciera siempre a otros —a los políticos, a las instituciones, a los de enfrente—. Como si nos diera pudor pronunciar su nombre. Pero basta detenerse un momento, callar el ruido y escucharnos por dentro, para entender que durante demasiado tiempo no hemos entendido qué es España.
Cuando decimos España, no estamos hablando de «este país» como quien señala una abstracción lejana con la que no se siente comprometido.
Porque este país, España, no es una tierra de nadie. No es el botín de unos pocos a costa de unos muchos. No es un mapa dibujado en un trozo de papel.
Para los españoles, España es el niño que fuimos, el olor de la sopa de la abuela, el latir acelerado del primer amor, la primera sonrisa del hijo recién nacido, el lugar donde la familia siempre nos espera con los brazos abiertos, sin pedirnos explicaciones. España es nuestro pasado —también el de quienes se dejaron la vida trabajando para que nosotros pudiéramos estar hoy aquí—, nuestro presente y nuestro futuro. España es la mesa a la que nos sentamos todos. O, como dijera el poeta: no es el suelo que pisamos, sino el que labramos.
España somos todos nosotros. Cada uno, con nuestras ideas, nuestras manías, nuestras razones y nuestras contradicciones. El que piensa como yo y el que no. El que aplaudo y el que me cuesta entender. El que tengo cerca y también el que está en las antípodas de lo que defiendo. Porque nadie sobra en esta casa común, ni siquiera aquellos con los que aún no hemos aprendido a dialogar.
Y más allá de todos nosotros, España es también el paisaje que vemos… y reconocemos con solo asomarnos a la ventana: sus olivos retorcidos y sabios, sus viñedos que cambian de color con cada estación, sus pescadores que se hacen a la mar cuando aún no ha salido el sol, la lluvia mansa de Galicia que huele a tierra viva, el sol de Andalucía que entra por las rendijas de las persianas… y la luminosidad de los cuadros de Sorolla, que es como la memoria de una España que jugaba descalza en la orilla del mar. Y los pueblos que se vacían, y las plazas que un domingo cualquiera estallan de vida, y ese modo nuestro de abrazarnos al despedirnos como si no hubiera un mañana.
Es solo entonces cuando uno comprende, por fin, que lo que está en juego no es una idea lejana, sino algo mucho más cercano y más frágil: la manera en que nos tratamos, el respeto que nos debemos… y, en el fondo, la vida que estamos dispuestos a compartir.
Y comprende también que querer a España no es un acto de fe política, sino un acto de amor lúcido a lo que somos: nosotros mismos. Con nuestras grietas, sí, pero también con una historia escrita a pulso, con una lengua que nos sirve para cantar y para consolarnos, con una tierra que merece que dejemos de tirarle piedras al tejado que nos cobija a todos.
Porque tal vez la única manera de empezar a curar este país sea, sencillamente, aprender a quererlo sin condiciones. Como a un hogar. Como a una familia. Como a uno mismo.
El tiempo en que supimos sostenernos
Hubo un tiempo en que, aun pensando muy distinto, entendimos algo esencial: que todos compartíamos un mismo espacio al mismo tiempo; que la vida no era posible los unos sin los otros, como ramas de un mismo árbol, distintas, pero sostenidas por el mismo tronco; y que no podíamos permitirnos volver a rompernos.
No era una consigna: era una experiencia. Veníamos de demasiado cerca. Había recuerdos que no hacía falta explicar porque seguían vivos en las casas, en las conversaciones, incluso en los silencios.
De ahí nació la Transición. No como una obra perfecta —no lo fue—, sino como una decisión consciente: convivir. No porque........
