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César Valdeolmillos Alonso: «¿Hasta cuándo dormirá España? El eclipse de la identidad y la urgencia de un viraje histórico»

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«El que no aplica nuevos remedios debe esperar nuevos males; porque el tiempo es el máximo innovador.»  Francis Bacon

Mirar hoy el mapa del mediodía español no produce el gozo del navegante que divisa puerto firme, sino el desasosiego del vigía que contempla cómo la marea devora silenciosamente la escollera. Los acontecimientos recientes en la plaza soberana de Ceuta, sumados a las crecientes sombras que proyectan las apetencias expansionistas sobre Melilla y los archipiélagos canario y balear, han dejado al descubierto algo más hondo que una mera quiebra en la gestión gubernamental: nos enfrentamos al espejo de una nación entorpecida, incapaz de reaccionar cuando rozan sus cimientos. Mientras el poder central responde a las presiones externas e internas con componendas de salón y brindis al sol, la sociedad asiste adormecida al despiece metódico de su herencia común. ¿En qué recoveco de la memoria se perdió la dignidad nacional? ¿Qué anestesia ha neutralizado el instinto de propia conservación del pueblo español?

La frontera herida y el silencio de las palabras

La vista de lo que está ocurriendo de manera flagrante con Ceuta y del inquietante horizonte que se dibuja sobre Melilla, el Archipiélago Balear y las Islas Canarias, no cabe el disimulo ni la tibieza verbal. Quien observe la panorámica nacional con la ecuanimidad del historiador advertirá de inmediato que no nos hallamos ante un vendaval pasajero ni ante un simple tropiezo administrativo. Nos encontramos frente al resultado lógico de un proceso continuado de vaciamiento ideológico e institucional que exige, con la máxima prisa que imponen los hechos, no ya un inocuo relevo de caras en el Consejo de Ministros, sino un giro de 180 grados en la totalidad de las directrices implantadas por el Partido Socialista durante los ciclos de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.

Es un hecho del todo sabido que el PSOE que colaboró en la concordia de la Transición ha dejado de existir. Aquella organización que naciera en la penumbra de una taberna madrileña con el propósito de encauzar las aspiraciones obreras ha retornado, por una trágica paradoja del destino, al extremismo doctrinario de sus orígenes históricos. En la práctica cotidiana, el partido del gobierno conserva la base electoral que acreditan los sondeos porque sus últimos dirigentes han decidido engullir sin remilgos todo el catálogo ideológico de la izquierda radical. Para recuperar el poder —en el caso de perderlo en las próximas elecciones— se ha llevado a cabo una regularización masiva de inmigrantes irregulares, convertida en una herramienta más de cálculo partidista que en un gesto de rectitud republicana.

Frente al quebranto de las fronteras físicas y el desconcierto de las instituciones, la respuesta de la Presidencia del Gobierno ha transitado entre la grandilocuencia vacía y la claudicación pasiva. Se proclama la calma desde las tribunas oficiales mientras los límites soberanos se transforman en plastilina geopolítica. Sin embargo, lo más alarmante de esta crisis no reside únicamente en la osadía de las potencias vecinas o en el cálculo frío de quien ocupa la Moncloa, sino en la mansedumbre con que la ciudadanía asimila el agravio.

España padece una dolencia que la medicina clásica denominaba abulia: una parálisis de la voluntad colectiva que impide reaccionar incluso cuando el fuego acorrala la propia vivienda.

La cirugía del poder y la desaparición del pueblo

Para desentrañar el dilema que nos atañe conviene acudir a la lección de la Historia. La nación que olvida la materia de la que está hecha acaba convertida en arcilla para las manos ajenas. Durante siglos, la comunidad hispánica se vertebró alrededor de un sentido trascendente de la responsabilidad compartida. Hoy, en cambio, la noción de patria ha sido sustituida por un pragmatismo adormecedor. ¿Qué le ha ocurrido al pueblo español para exhibir esta llamativa falta de identidad nacional? La respuesta no es fruto del azar, sino de un minucioso trabajo de orfebrería ideológica.

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