menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

César Valdeolmillos Alonso: «Del Pegasus al Estrecho»

25 0
14.05.2026

César Valdeolmillos Alonso: "El silencio tras Pegasus"

César Valdeolmillos Alonso: "Lo que hemos dejado de sostener"

“El Estado pierde su legitimidad cuando deja de parecer más fuerte que aquellos a quienes combate.”  Raymond Aron

Durante años, asociaciones policiales, mandos operativos y sindicatos de Guardia Civil y Policía Nacional repitieron la misma advertencia: el narcotráfico en el sur de España estaba dejando de ser un fenómeno criminal para convertirse en un problema de soberanía. Mientras las narcolanchas ganaban potencia, organización y violencia, los agentes denunciaban falta de medios, plantillas insuficientes y una creciente sensación de abandono institucional.

Al mismo tiempo, el Gobierno español iniciaba la etapa de mayor aproximación diplomática a Marruecos en décadas. La crisis de Ceuta desaparecía, el discurso político se suavizaba y la cautela frente a Rabat comenzaba a convertirse en política de Estado.

Quizá todo ello fueran simplemente hechos independientes. O quizá no.

Porque las democracias rara vez se deterioran de manera súbita. Lo hacen lentamente, cuando ciertas preguntas dejan de formularse y determinadas contradicciones empiezan a aceptarse como normales.

El Estado frente al espejo del Estrecho

Las imágenes de Barbate dejaron algo más profundo que indignación. Dejaron una sensación de desconcierto nacional.

Una narcolancha embistiendo a una embarcación de la Guardia Civil no era únicamente un episodio criminal. Era la representación visual de algo mucho más inquietante: organizaciones del narcotráfico actuando con una sensación creciente de superioridad operativa frente al propio Estado.

Aquella noche murieron dos guardias civiles. No fue un accidente laboral. Y no era imprevisible la tragedia.

La asimetría de una guerra desigual

Durante años, asociaciones profesionales como JUCIL, AUGC o JUPOL habían denunciado públicamente una situación que, lejos de mejorar, parecía cronificarse: embarcaciones insuficientes frente a narcolanchas mucho más potentes; escasez de agentes especializados; déficit de medios tecnológicos y vigilancia marítima; deterioro de infraestructuras; y una sensación creciente de inferioridad operativa sobre el terreno.

Algunos agentes denunciaban además carecer de chalecos tácticos flotantes adecuados para intervenciones marítimas de alto riesgo. La consecuencia práctica de esa carencia resultaba tan simple como brutal: caer herido al agua durante una embestida podía equivaler tanto a morir por el impacto como a morir ahogado.

A ello se sumaba una realidad especialmente inquietante en el Estrecho. Los guardias civiles debían actuar sometidos a estrictas normas de proporcionalidad y uso de la fuerza, propias de un Estado de Derecho. Frente a ellos operaban organizaciones criminales que embestían embarcaciones policiales, huían a gran velocidad incluso entre bañistas y estaban dispuestas a utilizar sus narcolanchas como auténticos arietes contra quienes intentaban detenerlas.

A esa inferioridad material se sumaba un salto cualitativo aún más inquietante: el armamento. El narcotráfico del sur ya no se limitaba a huir con motores más potentes. En distintas operaciones aparecieron ya fusiles de asalto AK-47, AR-15, subfusiles tipo UZI, pistolas, munición, inhibidores y equipos de vigilancia. En algunos casos, los agentes no encontraron solo droga, sino auténticos dispositivos de custodia armada del alijo.

Algunas asociaciones profesionales denunciaron además restricciones operativas incluso en el uso de determinados medios disuasorios, como las pelotas de goma, en actuaciones........

© Periodista Digital