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César Valdeolmillos Alonso: «Ceuta. La ciudad desnuda»

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18.08.2026

“El hombre sin ropajes no es más que esto: un pobre animal desnudo y de dos patas” – William Shakespeare, El rey Lear, acto III

Morris West, en su novela El país desnudo, ya formuló la pregunta que subyace a todo lo que aquí se narra: ¿qué queda de un ser humano cuando se le arrancan las protecciones con las que la civilización lo ha vestido? Cuatro décadas después, aquella pregunta ha cruzado el océano y se ha plantado en el Estrecho, sin pedir permiso, para recordarnos que los países también pueden quedarse sin ropa.

Hay una hora, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en que el Estrecho deja de ser un mapa y vuelve a ser lo que siempre fue: agua negra moviéndose sobre piedras negras. A esa hora, el 30 de julio, la frontera de Ceuta dejó de ser una raya en los mapas y se convirtió en lo que era: una costura. Y las costuras, a veces, revientan. Lo que ocurrió después se ha contado con cifras, con comparecencias, con adverbios cautelosos y con esa forma particular de silencio que consiste en hablar mucho para no decir nada. Pero lo que ocurrió, en el fondo, se cuenta con una sola imagen: miles de cuerpos sin abrigo cruzando la oscuridad, y detrás de ellos un país descubriendo que su propio abrigo tampoco existía.

No hablo de política exterior. Sería quedarme en el umbral del problema. Hablo de intemperie. De lo que queda de un ser humano cuando se encuentra sin papeles, sin patria y solo con la esperanza de que alguien venga a buscarlo. Hablo, sobre todo, de una pregunta incómoda que conviene hacerse antes de que la haga la vida: ¿qué parte de ese animal desnudo somos cuando los escudos de nuestro sistema nos abandonan? Y al hacerla, me descubro repitiendo la pregunta de West, pero con un matiz: ya no es el individuo solo el que se desnuda; es el país entero.

Primero fue el rumor. Luego la polvareda en los cerros. Luego el sonido, que no era de gritos sino de pies, miles de pies sobre grava, un ruido de agua que baja. Llegaron por el espigón y por el monte y por el mar. Llegaba con el móvil dentro de una bolsa de plástico atada al cuello, con zapatillas que no eran suyas. Entre los que entraron había niños que no sabían nadar y lo hicieron igual, porque a los catorce años el miedo pesa menos que la ceguera de la ignorancia y que el hambre.

El mar no negocia. El mar hace lo que hace desde antes de que hubiera fronteras: coge y suelta. Cogió aquella noche y estuvo soltando durante días. Las mareas devolvieron lo que no quisieron. Aparecieron los hombres con guantes y bolsas numeradas. Por fin surgió la luz gris del amanecer sobre el Hospital Militar, donde alguien había ordenado habilitar una morgue con capacidad para doscientos cuerpos. Doscientos. Alguien hizo ese cálculo. Alguien lo firmó. Que ese número exista en un documento administrativo español dice más sobre lo que pasó que todas las ruedas de prensa juntas.

Del recuento nunca hubo acuerdo. El Ministerio del Interior habló de setenta y dos fallecidos en suelo español; Marruecos reconoció once en el suyo; el presidente de la ciudad autónoma manejaba ochenta y ocho; algunas redacciones llegaron a noventa y cuatro; las organizaciones que llevan años contando lo que nadie quiere contar hablaron de ciento cuarenta y uno, sumando la valla y el agua. El lector puede elegir la cifra. Ninguna podrá servir de consuelo. La aritmética de los muertos siempre es una forma demasiado cómoda para no mirarles la cara. West, en su novela, evitaba dar cifras exactas; sabía que los números no abrigan.

Las cifras bailan porque los cuerpos no caben en ellas

Con los vivos pasó lo mismo. Al principio fueron cuarenta o cincuenta mil. Después el ministro del Interior dijo setenta y dos mil. El presidente de Ceuta habló de cerca de ochenta mil. Es decir: en cuestión de horas, el Estado se equivocó en una cantidad de personas equivalente a una capital de provincia. No en un decimal: en una ciudad entera.

Hay algo profundamente cómico, si uno tiene el estómago hecho, en ver a un poder moderno —con satélites, con drones, con bases de datos, con un servicio de inteligencia que cuesta cientos de millones— explicar que no tenía información. Marruecos sostuvo que había avisado. Los sindicatos policiales dijeron que el aviso existió y que los medios no. El presidente de la ciudad lo confirmó. Sólo en La Moncloa reinaba la sorpresa, esa sorpresa administrativa que se ensaya delante del espejo.

Y entonces apareció el gran hallazgo del lenguaje oficial: “agentes externos”, “mafias”. Palabras evasivas, de una vaguedad casi litúrgica, que buscan desesperadamente un culpable más o menos creíble. Un agente externo es todo y no es nadie. Un agente externo no tiene embajada, ni teléfono, ni bandera, ni se le puede convocar. Es el vecino invisible al que se culpa del ruido para no tener que llamar a la puerta de al lado. Cuando un gobierno recurre a un sustantivo así, no está informando: está buscando un sitio donde esconder la cara.

Lo verdaderamente asombroso llegó después. Con entre cinco y diez mil personas todavía dentro de la ciudad, el Gobierno agradeció públicamente a Rabat su cooperación. Setenta y tres mil quinientas devoluciones exprés, dice la Policía. Fueron posibles porque al otro lado abrieron la puerta. Y aquí está el juego de palabras que ninguna asesoría de comunicación previó: un gobierno que........

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