La indefinible perfección y la moral chiclosa
Si todos los seres humanos fuésemos capaces de alcanzar la perfección física y espiritual, y lo hiciésemos, todos seríamos clones de un ser ideal, viviendo en un mundo aburridísimo e impersonal.
Porque lo que nos hace humanos son precisamente las imperfecciones que nos diferencian unos de otros, y propician que en el mundo no existan dos personas iguales.
Por otro lado, cabría preguntarse cuál sería el modelo de ser humano perfecto, y quién está capacitado —y moralmente legitimado— para definirlo. Porque si el imperfecto ser humano es quien define al ser humano perfecto, cualquier conclusión a la que se llegue siempre será falsa.
Nazis y comunistas, inspirados en el superhombre del ateo Nietzsche (el hombre que pretendió matar a Dios y terminó sus días en un manicomio, bebiendo sus propios orines), lo intentaron. Los primeros se estrellaron; los segundos aún siguen insistiendo, a ver si cuela.
Al final, la perfección es una meta inalcanzable, entre otras cosas porque ignoramos en qué consiste. Sin embargo, sí que existe un camino de perfección que, a pesar de no conducir más que a una meta inalcanzable, bien podrá servir para que, entre todos, podamos construir un mundo mejor para las generaciones futuras.
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